El jueves 22 de febrero sucedió algo raro. Eran las 6:30 pm de la tarde y, fuera de la capilla esperaba por nosotros Gustavo. Estaba tranquilo y contento. Junto a él, en igual tono, con los brazos cruzados, observaba Jonás. Al verme, sonrieron, como se saludan los amigos cuando se ven, a lo lejos. Faltaban nada menos que dos días para que gritáramos, en coro, la cuenta regresiva del diez al uno y comenzáramos a correr el bonito número 100 de los kilómetros que teníamos que transitar a pie, caminando o corriendo. Como fuera.
La misa comenzó puntual. El padre entró y saludó a todo el mundo como si nos conociera de antes. En unos minutos estuvimos casi todos congregados en el pequeño templo reverenciando lo divino, integrados en ese cuerpo de piedra que protege la presencia de Dios. Llegaron Frederich y su esposa, Fausto, Sissy, Mónica y su esposo; Jonathan, al final. Otros no pudieron estar presentes (Juan Carlos, Marcos). Todo pasó despacio y profundo, como un río subterráneo y, sin darnos cuenta, la celebración había concluido dejando espacio a lo raro que sucedió aquella noche. Y esto fue lo raro: a pesar del reto casi inhumano que nos esperaba en muy pocas horas, estábamos en paz, conversando, riéndonos, celebrando el invaluable regalo de la vida.
