Primeras manos: prometió llevar café, el día de la carrera, para los que fueran pasando y, no sólo se apareció con lo ofertado, sino que llevó unas bolitas de chocolate que preparó su esposa y unos burritos deliciosos. Para ello, tomó su carro y, junto a un amigo, llegó al puesto de hidratación del kilómetro sesenta y seis, atravesando un camino fatal, pedregoso. Incluso, en determinado momento, ofreció su vehículo para bajar a algunos que, por lesiones, se habían retirado de la carrera. Estuvo hasta muy tarde recibiendo a los corredores, brindando ayuda, dando consejos; llevando agua, té, café y comida. Sin duda, estas fueron unas de las manos visibles de Dios.
Segundas manos: retrasó su paso para animar a varios de los que, por falta de fuerzas, pretendían salir de la carrera y rendirse antes de tiempo. Salvó de la frustración de no llegar a la meta a mucha gente y, al final, pudiendo ser su tiempo mejor, llegó al área verde contento, como si nada, celebrando como un niño, la victoria suya y la de los demás. Esas fueron otras manos de Dios.
Terceras manos: en Las Pirámides, hacia el kilómetro cuarenta y cuatro, vio a un compañero casi muerto del frío. Lo ayudó, le preguntó qué le pasaba, qué le faltaba y, no sólo le dio el abrigo que necesitaba, le dio dos. Necesitándolos él, con toda probabilidad. He ahí otras manos de Dios.
Estas fueron algunas de las intervenciones de divinas en el pasado evento. Unas pocas. De seguro todos podemos sacar cuenta de numerosas más. El mundo que está verdaderamente mal es el de los medios de comunicación social, el de los periódicos, porque este en el que vivimos, el real, está colmado de personas que, como esas, son mediadoras del bien.
