100km Non Stop: redescubrir un placer

Eran algo más de las 2:00am cuando llegamos a Villa Pajón, en el kilómetro 66. De la puerta nos hicieron seña para que nos acercáramos. Dentro se sentía el calor que producían la hoguera de la chimenea y el fuego que calentaban la sopa, el té y las pastas. También el calor de la gente que nos recibía con afecto. Pronto estuvimos unos ocho alrededor de la llama, calentándonos los ánimos y las pieles. Fuera, la temperatura estaba para congelar cervezas o hacer hielo en moldecitos de Ikea. La sopa humeante pasaba de mano en mano. La gente se ayudaba a cambiarse las medias, levantaba a los heridos del sofá para llevarlos al baño; se contaban historias, anécdotas de lo vivido apenas unos minutos o pocas horas; se admiraba a los delanteros y se preguntaba por los que se habían quedado detrás.

Faltaban treinta y cuatro kilómetros por recorrer, pero la gente no se quería ir porque redescubría así, de improviso, en aquella fría desolación invernal, uno de los placeres ancestrales experimentados por los seres humanos: sentarse alrededor del fuego para decirnos, unos a otros, que no estamos solos, que nos tenemos los unos a los otros, aunque el mundo pretenda empujarnos fuera, a otras órbitas galácticas, con sus punzadas de hielo.

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