Lleva los lentes colgando del cuello y no para de hablar, de preguntar, de sugerir. Recibe llamadas y las da. No ha dormido en muchas horas y sigue en pie, como una piedra que no necesita sueño, recibiendo a los que llegan a la meta, abrazando, felicitando, dando seguimiento a todos los que faltan y aún siguen en la cordillera. Tiene en las manos una tabla con muchos papeles atados. Una especie de check list de no se sabe qué extensión. No quiere que se le escape lo más importante, es decir, los detalles, porque es ahí en donde está el secreto para que las cosas salgan bien. Perfectas, no. ¿Perfectas? Imposible. Con que salgan bien es más que suficiente. La última vez que la vi llamaba una ambulancia para que asistiera a un atleta y ya no supe más de ella hasta que me fui. Cuando vuelva a hacer la carrera, el próximo año, la estaré viendo otra vez con los mismos lentes, con el mismo ímpetu de templario medieval, conquistando tierras santas invisibles.
100km Non Stop: redescubrir un placer
Eran algo más de las 2:00am cuando llegamos a Villa Pajón, en el kilómetro 66. De la puerta nos hicieron seña para que nos acercáramos. Dentro se sentía el calor que producían la hoguera de la chimenea y el fuego que calentaban la sopa, el té y las pastas. También el calor de la gente que nos recibía con afecto. Pronto estuvimos unos ocho alrededor de la llama, calentándonos los ánimos y las pieles. Fuera, la temperatura estaba para congelar cervezas o hacer hielo en moldecitos de Ikea. La sopa humeante pasaba de mano en mano. La gente se ayudaba a cambiarse las medias, levantaba a los heridos del sofá para llevarlos al baño; se contaban historias, anécdotas de lo vivido apenas unos minutos o pocas horas; se admiraba a los delanteros y se preguntaba por los que se habían quedado detrás.
Faltaban treinta y cuatro kilómetros por recorrer, pero la gente no se quería ir porque redescubría así, de improviso, en aquella fría desolación invernal, uno de los placeres ancestrales experimentados por los seres humanos: sentarse alrededor del fuego para decirnos, unos a otros, que no estamos solos, que nos tenemos los unos a los otros, aunque el mundo pretenda empujarnos fuera, a otras órbitas galácticas, con sus punzadas de hielo.
100km Non Stop: Manos visibles de Dios
Primeras manos: prometió llevar café, el día de la carrera, para los que fueran pasando y, no sólo se apareció con lo ofertado, sino que llevó unas bolitas de chocolate que preparó su esposa y unos burritos deliciosos. Para ello, tomó su carro y, junto a un amigo, llegó al puesto de hidratación del kilómetro sesenta y seis, atravesando un camino fatal, pedregoso. Incluso, en determinado momento, ofreció su vehículo para bajar a algunos que, por lesiones, se habían retirado de la carrera. Estuvo hasta muy tarde recibiendo a los corredores, brindando ayuda, dando consejos; llevando agua, té, café y comida. Sin duda, estas fueron unas de las manos visibles de Dios.
Segundas manos: retrasó su paso para animar a varios de los que, por falta de fuerzas, pretendían salir de la carrera y rendirse antes de tiempo. Salvó de la frustración de no llegar a la meta a mucha gente y, al final, pudiendo ser su tiempo mejor, llegó al área verde contento, como si nada, celebrando como un niño, la victoria suya y la de los demás. Esas fueron otras manos de Dios.
Terceras manos: en Las Pirámides, hacia el kilómetro cuarenta y cuatro, vio a un compañero casi muerto del frío. Lo ayudó, le preguntó qué le pasaba, qué le faltaba y, no sólo le dio el abrigo que necesitaba, le dio dos. Necesitándolos él, con toda probabilidad. He ahí otras manos de Dios.
Estas fueron algunas de las intervenciones de divinas en el pasado evento. Unas pocas. De seguro todos podemos sacar cuenta de numerosas más. El mundo que está verdaderamente mal es el de los medios de comunicación social, el de los periódicos, porque este en el que vivimos, el real, está colmado de personas que, como esas, son mediadoras del bien.
100km Non Stop: Algo raro
El jueves 22 de febrero sucedió algo raro. Eran las 6:30 pm de la tarde y, fuera de la capilla esperaba por nosotros Gustavo. Estaba tranquilo y contento. Junto a él, en igual tono, con los brazos cruzados, observaba Jonás. Al verme, sonrieron, como se saludan los amigos cuando se ven, a lo lejos. Faltaban nada menos que dos días para que gritáramos, en coro, la cuenta regresiva del diez al uno y comenzáramos a correr el bonito número 100 de los kilómetros que teníamos que transitar a pie, caminando o corriendo. Como fuera.
La misa comenzó puntual. El padre entró y saludó a todo el mundo como si nos conociera de antes. En unos minutos estuvimos casi todos congregados en el pequeño templo reverenciando lo divino, integrados en ese cuerpo de piedra que protege la presencia de Dios. Llegaron Frederich y su esposa, Fausto, Sissy, Mónica y su esposo; Jonathan, al final. Otros no pudieron estar presentes (Juan Carlos, Marcos). Todo pasó despacio y profundo, como un río subterráneo y, sin darnos cuenta, la celebración había concluido dejando espacio a lo raro que sucedió aquella noche. Y esto fue lo raro: a pesar del reto casi inhumano que nos esperaba en muy pocas horas, estábamos en paz, conversando, riéndonos, celebrando el invaluable regalo de la vida.
Sábado Trillero








Trillando los 10km de la Fuerza Aérea



Reconocimiento de la última etapa de los 100km Non Stop

Sábado Trillero


El día de hoy hubo mucho lodo en la Cordillera Septentrional. Lo esperábamos, claro, después de tantos días de lluvia. Estamos a menos de un mes para participar en los 100km Non Stop que nos llevarán de Ocoa a Constanza y algunos estamos preparándonos para ello.
Esta tarde, a partir de las 4:00pm saldrá, desde Villa Pajón, un equipo de reconocimiento de la última etapa de la ruta mencionada. Más adelante les compartiremos las imágenes que nos envíen los participantes.































