No sabes quién eres hasta que no sales a buscarte

Man running in the foggy countryside near a windmill.

Iba de camino a Santo Domingo para participar, a las 6:30am del día siguiente, en los 25K de la Olla de Presión y me preguntaba qué estaba haciendo. Detrás había dejado a mi familia y sentía una mezcla confusa de sentimientos. Las chicas no quedaron contentas conmigo. Ninguna entendía la razón por la cual las abandonaba de un día para otro por querer correr. Yo mismo estaba en una situación que no me permitía dar una explicación de peso, algo que fuera verdaderamente razonable. Tenía que admitirlo, la decisión de correr tenía poco que ver con los dictámenes de la razón. Era, tomando un atajo con las palabras, un impulso emocional del que me costaba desprenderme porque, en el fondo, tampoco quería hacerlo.

Cierto que las emociones son poderosas y nos mueven a actuar, sin embargo, no por ello se escapan del análisis científico o de la mirada de aquel al que le gustan las ciencias y ve números donde los demás ven hojas. Yo ando por ahí, en ese grupo indefinido de energúmenos. Y, bueno, la emoción iletrada no podía serlo todo. Había algo más, algo grande o pequeño, ridículo o sublime que se movía en esas aguas internas y, ya tranquilo, todavía cansado de la carrera, llegué a entender de qué se trataba. Se los diré.

Tan sólo por comenzar a correr, sé que puedo hacerlo. Yo no sabía que podía correr 10k, hasta que lo hice; no sabía que podía correr 21k, hasta que lo hice; tampoco sabía que podía correr 25k, hasta que me enfrenté a ese trillo. Ahora mismo yo no sé hasta dónde puedo llegar ni cuánto puedo mejorar en tiempo ni en distancia. Porque mi mejor yo está ahí, a unos pasos, en ese cercano futuro, pero tengo que salir a buscarme y, como podrán deducir, lo haré corriendo, sudando, entregado, porque quiero saber quién soy, de qué estoy hecho, hasta dónde puedo llegar cuando yo mismo no me pongo obstáculos mentales.

Nota trail: Es prácticamente imposible predecir el futuro. Podemos mejorar como, también, torcernos un tobillo en el intento. Ayuda muchísimo aprender de los demás, preguntando, leyendo, consultando. Esto es, digamos, la técnica de sentarse a los pies del abuelo a escuchar todo lo que ha aprendido en la vida, con tal de no caer en los mismos baches que él cayó. También ayuda nunca dar por hecho que poseemos la mejor forma de correr del mundo y, por ende, cerrar la puerta a una mejoría. Todo lo que nos haga mejores, sea bienvenido, que con ello se alejan los males y se abre a nuestros ojos un horizonte verdadero, de esos no tienen fin y se ríen a carcajadas de quienes intentan medirlos.

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