Correr los 100km del Caribe. Segunda entrega

IMG-20170514-WA0066

NUESTRO INTERIOR

Todo comienza en nuestro interior. El acto de correr, también. Y comienza con los mensajes que nos dirigimos a nosotros mismos y, de los cuales, a veces, no somos conscientes. Para correr los 100km del Caribe es vital respondernos un par de preguntas que nos afectan física y psicológicamente, y que ponen al descubierto eso que nos decimos calladamente. La primera pregunta es, evidentemente, porqué lo hacemos. Definir nuestros motivos devela las razones por las cuales nos proponemos sudar durante cinco días y gastar la cantidad de dinero que gastaremos. Lo ideal es encontrar motivos nobles para hacerlo y, si no los hay, al momento, inventarlos.

La segunda pregunta que debiéramos respondernos se refiere a eso que, en concreto, queremos conseguir en la carrera. Objetivos, para esta carrera, podrían ser, por ejemplo, llegar entre los primeros tres finalistas, ser los primeros en nuestra categoría, compartir con nuestros amigos, viajar por ciudades que nos gustan, conocer lugares hermosos y así por estilo. Mi meta, en particular es ésta: correr 10 kilómetros un día después de terminar los 100km del Caribe. Es decir, el lunes siguiente, ya en Santiago, quiero correr 10 kilómetros como si nada, sin molestias y a buen ritmo. Lo que busco detrás de este objetivo es cuidar de mí lo más posible, porque me interesa más tener una larga vida de corredor, que un momento breve de éxito que me deje incapacitado para realizar el deporte de que me apasiona.

 

CONOCER LAS REGLAS

Es importante leer con cuidado las normas de la competencia. Todo está desglosado con detalle en la página de los 100km del Caribe. Al hacerlo, nos vamos a librar de sorpresas desagradables en lugares en los que, probablemente, no tendremos acceso a lo que se nos exige. Por ejemplo, los organizadores piden llevar, durante las carreras, un silbato o, dependiendo de la distancia, un mínimo de dos litros de agua encima.

Al leer las normas, me enteré que está prohibido correr con sandalias o cualquier tipo de calzado abierto. Los organizadores no explican porqué, pero sí lo especifican. Para mí fue importante leer este detalle porque tenía en mente correr la tercera y la quinta etapas con sandalias, ya que en las mismas no se cruzan ríos y a mí me gusta correr en ellas.

 

CALZADO Y VESTIMENTA

Es importante tener a mano más de un par de tenis de trillo. Si fuera posible, uno por carrera, ya que al final de cada una los tenis estarán o muy sucios o muy mojados. También existe la posibilidad de que se rompan. Esto es especialmente importante para las personas que no viven en ninguna de las ciudades en las que se realizará el evento porque podría hacerse difícil lavar y secar unos tenis de un día para otro en una ciudad en la que estamos de paso.

Las medias, como es sabido, no deben tener algodón, porque este tejido retiene el sudor y el agua, y favorece el nacimiento de ampollas y llagas.

En cuanto a los pantalones, me gusta que tengan bolsillos porque así tengo departamentos cercanos a las manos para colocar comida y geles. Correr en trillos no es lo mismo que hacerlo en competencias de asfalto, en donde usted puede tener puntos de hidratación cada cinco kilómetros y no necesita llevar ni un termo de agua. También debe observar que los pantalones no retengan ni sudor ni agua. Hoy corrí con unos pantalones que, luego de 10 kilómetros, comenzaron a caérseme en las bajadas porque se pusieron pesados con el sudor cargaban. Esos no van para los 100km del Caribe.

Un protector solar es esencial. Especialmente para la cuarta etapa, en donde se estará corriendo por más de cinco horas bajo el sol.

Si ha de correrse con el chip de los que se atan al calzado, hay que cuidarlos y saber siempre en el lugar en el que se guarda para evitar contratiempos.

Lleve banditas para curar heridas, llagas y ampollas en un bolsillo durante cada etapa.

Lo demás, lentes, gorras, artículos con compresión, me parecen opcionales y dependerán del gusto de cada cual.

 

COMIDA Y BEBIDA

Hoy, bajando la Loma del Chivo, me dijo Nick que, en carreras de larga distancia (los 45 km de la cuarta etapa, por ejemplo), trata de comer todo cuanto pueda, la mayor parte del tiempo, y tiene sentido. Lo ideal es, al menos 100 calorías por hora, porque corriendo, como se sabe, se consume bastante y el cuerpo necesita tener de dónde halar los nutrientes o te obliga a detenerte de puro agotamiento. Para los 100km hay que llevar las barras energéticas y todos los geles que se consideren necesarios.

Yo, además, llevo pastillas de sales porque conozco mi cuerpo y sé que después del kilómetro veinte ya he expulsado sodio y potasio como para repartir en cubetas. Si no repongo esos minerales, las piernas se me trancan y no puedo ni caminar.

Usted debe escoger los sistemas de hidratación que le son más cómodos. Yo, por debajo de los 12 kilómetros, con un termo de 20 onzas tengo suficiente. Por encima de esa distancia, llevo mi mochila con dos litros de agua. Cada sistema tiene sus ventajas y desventajas. Elija siempre lo que le resulte más cómodo para cada momento.

Durante la competencia, hay que beber agua antes de que nos asalte la sed. Si comenzó a tener sed porque ya tiene una hora sin probar agua, tal vez no termine la carrera por deshidratación. Y usted dirá: “!pero yo bebí muchísima agua anoche y minutos antes de la carrera!” A usted que dice eso le recuerdo que los seres humanos no son como los camellos, no almacenamos agua, por lo que hay que irla reponiendo en la misma medida en la que la vamos perdiendo por la orina y el sudor.

 

TENER UN PLAN

Es bueno tener un plan para realizar esta carrera de cinco días con éxito. Les contaré el mío, que es de lo más simple en el mundo. Mi plan es hacer toda la carrera en un negative Split, como si las cinco carreras fueran una sola. Comenzaré el primer día despacio y procuraré aumentar la intensidad paulatinamente día por día, siempre reservando lo mejor para el día siguiente. Esto cobra lógica cuando vemos que la distancia más larga habrá que correrla casi al final, en el cuarto día. Me parece que hay que guardarse para la cuarta etapa, conservar nuestras fuerzas para entonces, porque en ese día se realizará el único ultramaratón de toda la competencia y, hermanos, un ultra es un ultra.

 

SUBIR Y BAJAR

Este tipo de competencias, las de trillo, consisten, básicamente, en saber subir y en saber bajar, porque de eso se tratará, de subir muchas lomas y de, luego, bajarlas. Estar conscientes de esto es importantísimo por muchas razones, una de ellas son sus rodillas y su pelvis. La mayor parte de los corredores suelen caminar las subidas y correr en las bajadas. Sin embargo, si usted no confía en sus rodillas, tendones, pelvis y tobillos; si ha tenido molestias o lesiones resientes en alguna de estas partes del cuerpo, debiera hacer justamente lo contrario, correr las subidas, todo cuanto pueda y, más adelante, caminar las bajadas, en especial si el grado de inclinación es pronunciado. Pienso de este modo porque el impacto que reciben nuestras caderas y piernas se duplica en las bajadas y, por ello, será más fácil que se lesione. Si aún no ha leído o escuchado nada de cómo subir y bajar montañas, es bueno que investigue ahora mismo, porque si no… bueno.

 

CELEBRAR

Sin duda, lo mejor de correr es compartir con la gente que, como uno, corre. Y compartir, no sólo corriendo, sino también celebrando. Por eso, lo verdaderamente excepcional de todo lo que nos espera en los próximos días será eso, una celebración de cinco jornadas. Una celebración larga y memorable como para contar nuestros nietos, si algún día los tenemos.

El psicoanálisis nació en un trillo

Man running in the foggy countryside near a windmill.

 

Bajaba por la pendiente cuando, a lo lejos, divisé el punto pequeño de alguien que subía lentamente. El camino era estrecho y lo definía una espesa hierba que me llegaba a la cintura. Era la primera vez que pasaba por allí y, sinceramente, no lograba saciarme de tanta belleza verde y azul como la que adornaba el trayecto. El hombre pequeño se hizo con mi altura e intentaba pasar por mi lado cuando lo detuve. Estaba delgado, arrugado, exangüe. Tenía la barba muy blanca y desaliñada. Ese viejito que apenas podía subir unos cuantos metros sin ahogarse era nada menos que yo, bajando de la altura de mi futuro, devolviéndose con prisa a la busca de algo.

– Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, anciano? –pregunté, enojado.

– Voy a donde todo comenzó –me dijo, casi sin aliento.

– Pero, ¿a buscar qué? De allá venimos. Sabes que no hay nada que buscar en ese sótano asfixiante –le repliqué.

– Algo falta, Sigmund. Estás equivocado. La respuesta está allá, en ese lugar en donde dimos nuestros primeros pasos –se secó el sudor con una mano.

– No es posible –le dije. Sí, el viejo me hizo dudar por un instante-. De ser cierto no tendría ningún sentido avanzar, dar un simple paso a ninguna parte, subir esta cuesta a la que no se le ve fin; entrenar, hacernos fuertes; adquirir destrezas que nos hagan fácil la tarea de llegar más lejos en el menor tiempo posible.

– Eso creía yo cuando, siendo de tu edad, pasé por aquí y, yo mismo, ya viejo, me pasé por el lado.

– ¿Qué estupidez es la que acabas de decir? –me dispuse a seguir corriendo. Sentía que perdía el tiempo con aquella conversación tan torcida. Finalmente, dándole la espalda, le dije:- Me voy. No puedo perder un segundo más hablando tonterías.

– Claro que te vas. De otro modo no podría yo estar aquí hablando contigo. Esa es la forma de nuestro destino, circular, como las estaciones. Lamentablemente.

El viejo habló con un dejo de tristeza. Yo, que ya daba mis primeros pasos, volví a detenerme. Aquellas palabras me dieron una punzada dolorosa. Era cierto, de seguir, en unos años estaría volviendo sobre mis pasos, en la búsqueda de algo que no estaba allá, en la cima, en mi futuro.

Tampoco estaba seguro de que volviendo atrás encontraría ese algo que como viejo buscaba. Tal vez sólo diera con el vacío más grande del universo, si eso fuera posible.

Toqué la hierba. Estaba florecida y, al tacto, se sentía suave. Me senté unos instantes, tranquilo. A lo lejos, la montaña se veía entre azul y negra, y detrás de mí, el viejo seguía inmóvil, a la espera. Cuando el sol comenzó a ocultarse, una fina capa de humedad, como de seda, comenzó a cubrir todo mi cuerpo, me abracé a mí mismo buscando calor, protección de la niebla y el rocío. Me sentía solo, aunque tuviera por compañía a ese vejete que era mi futuro. De pronto, comenzaron a salir estrellas de un lado y de otro, como si alguien malvado estuviera pinchando con un alfiler el globo del cielo. Eran cientos, miles, millones. Jamás había visto tantas estrellas con tan poco cielo haciéndoles contraste. Entonces comprendí algo. Así como estrellas había en el universo eran los posibles caminos que podía trazar en mi vida y, sin embargo, mi mente se había inventado un punto de inicio y otro final separados por una recta uniforme. Andaba por un camino que ya estaba hecho por otros, no por mí. En realidad, un infinito número de senderos estaban a mi alrededor, sólo que no estaban hechos sino por hacer, a la espera de un pionero que diera los primeros pasos abriendo la hierba, moviendo la piedra. No me fue difícil entonces, aunque estuviera oscuro, ponerme de pie y empezar a andar por donde más espesa se veía la vegetación. Pude ver al viejo que estaba detrás de mí desaparecer mientras sonreía con gratitud. Ese anciano era alguien que no llegaría a ser, porque yo, Sigmund Freud, sería otro. No sé quién, pero otro, solo por haberme decidido a inventar un camino por donde, hasta entonces, sólo prosperaba la maleza.