El psicoanálisis nació en un trillo

Man running in the foggy countryside near a windmill.

 

Bajaba por la pendiente cuando, a lo lejos, divisé el punto pequeño de alguien que subía lentamente. El camino era estrecho y lo definía una espesa hierba que me llegaba a la cintura. Era la primera vez que pasaba por allí y, sinceramente, no lograba saciarme de tanta belleza verde y azul como la que adornaba el trayecto. El hombre pequeño se hizo con mi altura e intentaba pasar por mi lado cuando lo detuve. Estaba delgado, arrugado, exangüe. Tenía la barba muy blanca y desaliñada. Ese viejito que apenas podía subir unos cuantos metros sin ahogarse era nada menos que yo, bajando de la altura de mi futuro, devolviéndose con prisa a la busca de algo.

– Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, anciano? –pregunté, enojado.

– Voy a donde todo comenzó –me dijo, casi sin aliento.

– Pero, ¿a buscar qué? De allá venimos. Sabes que no hay nada que buscar en ese sótano asfixiante –le repliqué.

– Algo falta, Sigmund. Estás equivocado. La respuesta está allá, en ese lugar en donde dimos nuestros primeros pasos –se secó el sudor con una mano.

– No es posible –le dije. Sí, el viejo me hizo dudar por un instante-. De ser cierto no tendría ningún sentido avanzar, dar un simple paso a ninguna parte, subir esta cuesta a la que no se le ve fin; entrenar, hacernos fuertes; adquirir destrezas que nos hagan fácil la tarea de llegar más lejos en el menor tiempo posible.

– Eso creía yo cuando, siendo de tu edad, pasé por aquí y, yo mismo, ya viejo, me pasé por el lado.

– ¿Qué estupidez es la que acabas de decir? –me dispuse a seguir corriendo. Sentía que perdía el tiempo con aquella conversación tan torcida. Finalmente, dándole la espalda, le dije:- Me voy. No puedo perder un segundo más hablando tonterías.

– Claro que te vas. De otro modo no podría yo estar aquí hablando contigo. Esa es la forma de nuestro destino, circular, como las estaciones. Lamentablemente.

El viejo habló con un dejo de tristeza. Yo, que ya daba mis primeros pasos, volví a detenerme. Aquellas palabras me dieron una punzada dolorosa. Era cierto, de seguir, en unos años estaría volviendo sobre mis pasos, en la búsqueda de algo que no estaba allá, en la cima, en mi futuro.

Tampoco estaba seguro de que volviendo atrás encontraría ese algo que como viejo buscaba. Tal vez sólo diera con el vacío más grande del universo, si eso fuera posible.

Toqué la hierba. Estaba florecida y, al tacto, se sentía suave. Me senté unos instantes, tranquilo. A lo lejos, la montaña se veía entre azul y negra, y detrás de mí, el viejo seguía inmóvil, a la espera. Cuando el sol comenzó a ocultarse, una fina capa de humedad, como de seda, comenzó a cubrir todo mi cuerpo, me abracé a mí mismo buscando calor, protección de la niebla y el rocío. Me sentía solo, aunque tuviera por compañía a ese vejete que era mi futuro. De pronto, comenzaron a salir estrellas de un lado y de otro, como si alguien malvado estuviera pinchando con un alfiler el globo del cielo. Eran cientos, miles, millones. Jamás había visto tantas estrellas con tan poco cielo haciéndoles contraste. Entonces comprendí algo. Así como estrellas había en el universo eran los posibles caminos que podía trazar en mi vida y, sin embargo, mi mente se había inventado un punto de inicio y otro final separados por una recta uniforme. Andaba por un camino que ya estaba hecho por otros, no por mí. En realidad, un infinito número de senderos estaban a mi alrededor, sólo que no estaban hechos sino por hacer, a la espera de un pionero que diera los primeros pasos abriendo la hierba, moviendo la piedra. No me fue difícil entonces, aunque estuviera oscuro, ponerme de pie y empezar a andar por donde más espesa se veía la vegetación. Pude ver al viejo que estaba detrás de mí desaparecer mientras sonreía con gratitud. Ese anciano era alguien que no llegaría a ser, porque yo, Sigmund Freud, sería otro. No sé quién, pero otro, solo por haberme decidido a inventar un camino por donde, hasta entonces, sólo prosperaba la maleza.

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