El cerdo trillero

Funny pig in the mountain. Dolomiti, italy

Los vemos a diario en las oficinas públicas o privadas, en los portales de los colegios, en las aceras, detrás del volante, en los trillos, en los charcos, en los parques, en los jardines universitarios modelando ropa nueva y calzado de más de 10 mil. Los vemos y nos hacen sufrir. Son los corredores que se gozan en pasarnos por encima, jamás por el lado. Son los que han olvidado palabras comunes como “perdón”, “gracias”, “por favor”, “lo siento”. Son los que se gozan en el dolor del otro y, si alguien se lesiona, se encargan de divulgarlo como si anunciaran la cura de alguna enfermedad. Caminan muy erguidos y son expertos en mirar por encima del hombro. Son más altos que los demás porque están subidos en zapatos que no se pueden comprar con moneda nacional. Se esfuerzan muchísimo en llegar a la meta primero que los fulanos con los que corre y, una y otra vez, revisan la lista de los finalistas de las competencias para ver los nombres de las personas que superó en tiempo. Son gente que dan pena porque, poco a poco, se adentran en el camino de dejar de ser personas para llegar a cerdos. Y de los cerdos, amigos lectores, se come todo, pesuñas, orejas, costillas, tripas, ojos. Todos sabemos lo que pasará con el cerdo trillero, terminará en el plato de otro peor que él.

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