De Bolt a Schwarzenegger

young man running across a bridge

Cuenta la leyenda que, un gran corredor de nuestras tierras, buscando mejorar su rendimiento, decidió inscribirse en un gimnasio y dedicar parte de las mañanas a levantar pesas. Alguien le relató la historia de un atleta olímpico que había roto el récord mundial de los diez mil metros, con tan solo haber agregado a su rutina de entrenamiento, treinta minutos de fortalecimiento muscular con pesas. La idea volvió a su mente cuando, días antes, llegó tercero en una competencia regional de 21km. El buen corredor se sentía frustrado. Todos decían que tenía unas piernas de acero y que el talento para las pistas le era innato. Sin embargo, a pesar de lo que todos le decían, nunca había llegado en el primer lugar de nada, ni en competencias como corredor profesional ni en los retos infantiles de chichigua o trompo.

El gran corredor se tomó un día para probar el sabor de los hierros; para tomarles el gusto en repeticiones de diez o doce, bajando y subiendo libras con brazos y piernas. Luego fue otro día y otro más. Dos semanas después, no había vuelto a calzarse las zapatillas de correr y, para no verlas siquiera, las había colocado muy ocultas debajo de la cama, donde ni siquiera la buena de su mujer pudiera dar con ellas. Algo casi inconsciente. Las volvió a sacar, sin embargo, unos días más adelante cuando un amigo lo motivó para que salieran a dar un paseo por el parque universitario. Algo “suave”, le dijo, sin ningún tipo de prisa, como cuando salíamos a correr porque queríamos, en realidad, hablar. Al segundo kilómetro, el corredor se detuvo. Sentía que se ahogaba. Cerca del mes sin correr y ya los pulmones no le funcionaban a toda su capacidad. Esto de correr es una “vaina”, pensó y, de ese modo, al formular su mente aquel epíteto azaroso, a la acción de correr se le fueron adhiriendo muchas emociones grises: enfado, disgusto, rabia, rencor, odio. Correr era el resumen de todo lo malo y ya no le brindaba ningún tipo de satisfacción poner a todo vapor la máquina de su cuerpo.

Concluye la leyenda con unos puntos finales nada luminosos. El gran corredor dejó de correr y se dedicó, los siguientes veinte años de su vida, a levantar pesas sin llegar tampoco a tener una simple medalla de bronce por poseer los más grandes bíceps o la espalda más ancha.

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