Contemplar el horizonte que nunca podremos tocar

Silhouette of a couple running at sunset

Salimos todos a la calle y nos dispersamos caminando en distintas direcciones. Dividía la avenida en dos un parque igual de ancho, con muchísimos árboles y flores silvestres. Por ahí nos fuimos perdiendo hasta encontrar algo de soledad porque además, como ayuda, el lugar era muy poco transitado. Raras veces se veía pasar un vehículo y, cuando se miraba al cielo, casi siempre se topaba uno con algún buitre con las alas abiertas, planeando. Teníamos dos horas para nosotros y una sola meta en común, contemplar.

No era extraño que se nos pidiera salir a hacer nada, como decíamos. Pero era preciso aprender a hacer eso, contemplar, con tal de adquirir a fuerza de ejercicio, algo más escurridizo aún, algo que ni siquiera quien nos lo ordenaba a hacer podía explicar con aceptable precisión, me refiero a tener un “espíritu contemplativo”. En muy escasas ocasiones pude experimentar algo que no fuera sueño. Era muy joven entonces. Los demás también. Es una excusa, cierto, pero a fin de cuentas la experiencia no pasó a mucho. Eso sí, aprendí bastante a mi pesar y un poco de eso les pienso comentar, porque tiene que ver con el Trail Running, esa actividad que tanto nos apasiona.

Recuerdo eso de la búsqueda de un espíritu contemplativo porque ya no escucho, desde hace años, a nadie hablar de ello, luego de haber despertado tanto interés. También porque bajaba este fin de semana, el Viernes Santo, para ser precisos, por una cuesta inclinada, casi exclusivamente viéndome los pies cuando, de repente, el paisaje me asaltó, me dijo que elevara los ojos y me sugirió que le explicara lo que veía y, eso que nubló mis ojos, se llama belleza. La belleza me dobló algo, muy adentro. No sé qué, pero algo cerca del estómago. Me detuve y pensé, y luego de dejé de pensar, porque lo primero que llegó a mi mente fue el cálculo de cuánto podría costar aquella parcela y si yo la podía comprar. Pensé lo feliz de la vida que estaría si me asentara por allí y las veces que podría beber de aquella hermosura mientras corría o me recostaba de un tronco con mis hijas y mi esposa a conversar. Esto que pensé, es lo mismo que nos impulsa como seres humanos a comprar peces para llevarnos sus colores a nuestras casas a cambio de dos pellizcos de comida; también lo que nos hace adquirir obras de arte muy valoradas por los críticos o casas con jardines japoneses sin ser japoneses o vivir en Japón. Es lo mismo que nos lleva a buscar la mujer más hermosa o al hombre más elegante como pareja. También lo que, tristemente, nos hace presentarnos lo más atractivos –con músculos, con ropa o con cirugía- ante el mundo con tal de que alguien desee poseernos y nos compre. Porque es imposible vivir sin belleza y deseamos poseerla a como dé lugar, comprarla aunque sea con el dinero ajeno. Sin embargo, cuando se corre por el trillo de la vida con un espíritu contemplativo, las cosas cambian.

El que contempla pasa por el mismo monte, se deja invadir el alma por la belleza que el mundo le ofrece y lo deja todo tal cual, en las manos de los demás, porque el que contempla sabe algo que todo el que se está muriendo quisiera gritar, que no forma parte de la naturaleza del ser humano el poseer. Que nada se puede poseer, aunque se compre y se tenga un título que lo certifique. Comprar no es poseer. Repítalo como un mantra y salga a correr. Porque lo nuestro es pasar por el monte para que el monte se quede ahí. Así es, tránsito, mutación, desgaste, vejez. Porque el ser humano ni siquiera puede decir que se posea a sí mismo, sin mentir. Afirmar que voy a comerme un pan y luego comérmelo no significa que me posea y que controle, por ello, la totalidad de mi destino.

Pero para contemplar, hay que detenerse más de una vez, dejar de respirar para que el mundo nos respire a nosotros, dejar que la brisa nos vea a nosotros y sentir eso, solo eso y callar. Sí, contemplar es callarse la boca de una vez por todas, fijarse en el horizonte que, de ser lo más cotidiano del mundo, pasa a ser aquello que nunca nuestras manos podrán tocar porque, por cada paso que damos, él se aleja dos. Pero sin hipocresía, sin jugar a engañarnos o a mostrarnos ante los demás como iluminados que casi levitan, lo cual es absurdo y ridículo a la vez, porque cuando no se es quien se es, sino que se pretende actuar como si se fuera otro, hasta el más burdo de los seres humanos lo puede percibir.

Tener un espíritu contemplativo, mientras se hace trail running, nos conduce a algo muchísimo más importante y de eso hablaré en la próxima entrega, porque ahora voy cerrar la boca para salir a correr.

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