El cuco del corredor y una obscenidad oportuna

Running man

Tómese un momento y piense, ¿cuál cree usted que es el cuco de los corredores?

Si usted tiene tiempo corriendo, probablemente responda como yo y diga que a nada le teme más un corredor que a las lesiones.

Las lesiones, no sólo son temidas, sino que, para colmo, son una realidad con la que luchan entre el 20 y 80 por ciento de todos los corredores cada año. Poniendo el asunto en perspectiva, podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que más gente se lastima corriendo que boxeando, luchando o practicando karate, todo junto.

Las causas de las lesiones son múltiples y no hay una etiología común a todas. Yo, sin embargo, pretendo dar una que, a mi entender, precede dichas causas.

Todo el que tiene piernas y las puede mover cree que puede salir corriendo como caballo recién nacido. Esta creencia se ha solidificado aún más después del boom de MacDougall, “Nacidos para correr”. En primer lugar, una breve mirada a la situación real del hombre en el mundo nos confirma que esto no es verdad, con tanta gente coja, torcida, con pies desiguales, con dedos de menos o demás. Simplemente, no todo el mundo ha nacido para correr. En segundo lugar, aunque usted tenga en potencia la capacidad para correr, lanzarse a la calle a comer asfalto lo conducirá a una lesión tarde o temprano, sea el primer día o al tercer mes.

Según creo, la desgracia de los corredores –la lesión- deviene por no buscar asesoría desde el inicio de su proyecto atlético. La inmensa mayoría de corredores jamás ha buscado la ayuda de un profesional capacitado para entrenarlo. Existen clubes de corredores y, aún ahí, se orienta poco y mal a los integrantes, por la carencia de un técnico que les organice un plan de entrenamiento personalizado, que les tome el tiempo y evalúe su progreso, que les diga en persona cuándo hacen algo bien o mal y un millón de detalles más. Todo corredor debiera tener una persona a su lado que lleve un registro de sus avances, que lo grave y vea sus videos; que estudie detenidamente su mecánica, su forma de correr y haga los ajustes necesarios. Porque aunque usted, en particular, haya nacido para correr, debe aprender la técnica correcta para hacerlo, pues correr no es sólo cuestión de mover brazos y piernas y darle pa´lante.

Existe una carencia enorme de personal técnico que enseñe a correr. Tal vez la demanda no ha sido la suficiente porque a los que corren no les importa hacerlo bien o hacerlo mal. Quizás la gente sigue creyendo que los únicos que necesitan un entrenador son los que aspiran a competir en serio y hacerse profesionales, pero esto no es así, por lo que acabo de explicar. Hoy mismo, si le es posible, comience a buscar ayuda, hoy que no está lesionado o que pretende recuperarse de una lesión.

Recuerdo el caso de un muchacho joven. Quería ser pelotero pero, antes de llegar a las Mayores se lastimó seriamente un brazo y quedó fuera de manera definitiva de cualquier campo de béisbol. Cuando lo volví a ver me dijo, con dolor:

– Mi hermano, no pude llegar. Se me jodió el brazo.

Estuve a punto de reírme por la palabra aquella, pero su situación no era una broma y su pena era auténtica. Extrapolando su caso al nuestro, como corredores, le haré una advertencia. Si usted no busca orientación de un profesional, aunque lo suyo sea un pasatiempo y un simple deseo de correr unos 10k, usted se va a joder.

El corredor que juegue el loto morirá antes de los 50

Sport. Runner.

Un grupo de corredores se aproximó a la cima y esperaba con ansias la llegada de Zaratustra. Mientras unos miraban sus relojes y otros hacían flexiones para mantenerse calientes, apareció de atrás no Zaratustra, sino Nietzsche, el hombre de cuya mente brotó. Bajaba con sus zapatillas de corredor y toda la vestimenta propia de un atleta. Lo diferenciaba de cualquier otro de los presentes, el bigote y la mirada perruna. Se sentó y no dijo ni media palabra durante más de un minuto. El silencio se hizo tenso. En eso, a uno de los corredores, que hasta entonces jugaba con un ticket de loto entre los dedos, se le cayó el pequeño trozo de papel y Nietzsche lo vio. Detrás del bigote pareció sonreír y, justo de allí, de esa mata espesa de pelo, brotó su voz de ultratumba.

– Ludopatía, lo llaman en psicología a ese fulgor que se despierta en el pecho cuando lanzamos los dados a la mesa esperando que, de las muchas posibles formaciones numéricas, la suerte nos regale un cuatro. Y dije la “suerte” –Nietzsche dibujó comillas con los dedos-. En otros tiempos a eso se le llamó fortuna, por la diosa del mismo nombre, un ser caprichoso que quitaba y daba por antojo. Esa tal Fortuna, entre la gente pensante, no tenía buena fama. Decía Séneca, por ejemplo, que el hombre que le enciende sus velas a la fortuna se degrada, se vuelve bestia.

“En el extremo opuesto al juego de la fortuna está el esfuerzo. En el esfuerzo no hay altar, no se encienden cirios, usted tiene que sudar. Es el camino de los pocos, de los que están convencidos de que llega el que da pequeños pasos, y en cada paso se hace más fuerte.

“A ambos, al que tiene una meta dividida en pequeños desafíos, y al que le hace guiños a la fortuna, los vemos corriendo por ahí. El que se esfuerza lo encontramos casi a diario dejando tierra detrás. Al otro lo vemos sudar de vez en cuando, soñando con tener buena suerte el día de la carrera, rogándole a su diosa clemencia para no quedar deshidratado o lesionado en el kilómetro tal.

“Jugar la loto, a las cartas o a los caballos, estropea la psique del hombre, lo hace adicto al punchón de la adrenalina; lo debilita; lo hace confiar en el milagro de la suerte y no en el del “proceso” que lo hace fuerte –volvió a dibujar comillas al decir “proceso”-. Por eso, correr y apostar; apostar y vivir, son asuntos incompatibles si se quiere tocar los talones de los seres humanos que han alcanzado grandeza en el mundo.

“Algunos dirán, ajá, muy bien pero, ¿y si me lo saco? ¿Y si gano el maratón? Es verdad, puede ser. Empero, mientras tanto, al 99.99% de los que se arrodillan ante Fortuna le espera morir temprano, a los 50 y, no por correr, morirán de algo más doloroso, morirán de una gran decepción.

Nietzsche terminó su discurso, se puso de pie y volvió corriendo al lugar de donde salió. Los corredores, atónitos aún, le dieron la espalda al vacío de Nietzsche. Se juraron en el camino nunca más volver a aquel lugar para escuchar semejantes banalidades. Mientras bajaban la cuesta, muchos lo hacían agarrando el número que habían jugado temprano, porque era sábado, y el sorteo prometía más de cien millones.

La muerte del algodón

Runner feet running on road closeup on shoe. woman fitness sunri

El señor Manolo, un sexagenario que corre como un joven de quince, tenía un sueño: correr de Santiago a La Vega, unos 28 kilómetros mal contados. Lo conocí a través de Frederick quien, a su vez, corrió con él en la universidad una mañana temprano.

Era un reto para mí acompañarlos hasta La Vega. 28k sobre asfalto no eran un atractivo en lo absoluto. Cerraba los ojos e imaginaba lo que dirían de mí las rodillas y los tobillos luego de un recorrido como ese, sin hierba ni desniveles rocosos. Acepté, pero con los dedos cruzados. Esa mañana me colgué mi cinturón de hidratación, unos calcetines cortos, una visera, los Merrell que adoro –hablaré de mis Merrell en otra ocasión, se lo merecen-, pantalones, camiseta y un guineo –ups-. Encontré a mis amigos cerca de casa y salimos a correr desde El Embrujo I.

Nada, ni los camiones que se nos venían de frente, ni los motociclistas que nos sorprendían con las luces apagadas, ni la cuesta de kilómetros de Puñal me causó tanto malestar como lo hizo una ampolla enorme que me fue brotando en el pie derecho. Cuando llegué a La Vega, apenas podía caminar. No le di importancia al asunto y un par de semanas la ampolla había desaparecido pero, leyendo por ahí un librito de un tal Jason Fitzgerald (“101 simple ways to be a better runner”), supe que la causa de mi ampolla estaba en nada menos que mis calcetines, por ser de algodón. Firzgerald en tono jocoso nos dice que han pasado más de veinticinco años después del boom de los calcetines de algodón y muchísimos adelantos técnicos han creado una prenda bastante más sofisticada que nos permite correr sin el menor tipo de molestia.

En conclusión, los calcetines del corredor deben ser así, de corredores. No cometa el mismo error que yo y únase a mí para darle un entierro definitivo algodón. Al menos al que se usó en los calcetines para correr. Descanse en paz. Amén.

El psicoanálisis nació en un trillo

Man running in the foggy countryside near a windmill.

 

Bajaba por la pendiente cuando, a lo lejos, divisé el punto pequeño de alguien que subía lentamente. El camino era estrecho y lo definía una espesa hierba que me llegaba a la cintura. Era la primera vez que pasaba por allí y, sinceramente, no lograba saciarme de tanta belleza verde y azul como la que adornaba el trayecto. El hombre pequeño se hizo con mi altura e intentaba pasar por mi lado cuando lo detuve. Estaba delgado, arrugado, exangüe. Tenía la barba muy blanca y desaliñada. Ese viejito que apenas podía subir unos cuantos metros sin ahogarse era nada menos que yo, bajando de la altura de mi futuro, devolviéndose con prisa a la busca de algo.

– Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, anciano? –pregunté, enojado.

– Voy a donde todo comenzó –me dijo, casi sin aliento.

– Pero, ¿a buscar qué? De allá venimos. Sabes que no hay nada que buscar en ese sótano asfixiante –le repliqué.

– Algo falta, Sigmund. Estás equivocado. La respuesta está allá, en ese lugar en donde dimos nuestros primeros pasos –se secó el sudor con una mano.

– No es posible –le dije. Sí, el viejo me hizo dudar por un instante-. De ser cierto no tendría ningún sentido avanzar, dar un simple paso a ninguna parte, subir esta cuesta a la que no se le ve fin; entrenar, hacernos fuertes; adquirir destrezas que nos hagan fácil la tarea de llegar más lejos en el menor tiempo posible.

– Eso creía yo cuando, siendo de tu edad, pasé por aquí y, yo mismo, ya viejo, me pasé por el lado.

– ¿Qué estupidez es la que acabas de decir? –me dispuse a seguir corriendo. Sentía que perdía el tiempo con aquella conversación tan torcida. Finalmente, dándole la espalda, le dije:- Me voy. No puedo perder un segundo más hablando tonterías.

– Claro que te vas. De otro modo no podría yo estar aquí hablando contigo. Esa es la forma de nuestro destino, circular, como las estaciones. Lamentablemente.

El viejo habló con un dejo de tristeza. Yo, que ya daba mis primeros pasos, volví a detenerme. Aquellas palabras me dieron una punzada dolorosa. Era cierto, de seguir, en unos años estaría volviendo sobre mis pasos, en la búsqueda de algo que no estaba allá, en la cima, en mi futuro.

Tampoco estaba seguro de que volviendo atrás encontraría ese algo que como viejo buscaba. Tal vez sólo diera con el vacío más grande del universo, si eso fuera posible.

Toqué la hierba. Estaba florecida y, al tacto, se sentía suave. Me senté unos instantes, tranquilo. A lo lejos, la montaña se veía entre azul y negra, y detrás de mí, el viejo seguía inmóvil, a la espera. Cuando el sol comenzó a ocultarse, una fina capa de humedad, como de seda, comenzó a cubrir todo mi cuerpo, me abracé a mí mismo buscando calor, protección de la niebla y el rocío. Me sentía solo, aunque tuviera por compañía a ese vejete que era mi futuro. De pronto, comenzaron a salir estrellas de un lado y de otro, como si alguien malvado estuviera pinchando con un alfiler el globo del cielo. Eran cientos, miles, millones. Jamás había visto tantas estrellas con tan poco cielo haciéndoles contraste. Entonces comprendí algo. Así como estrellas había en el universo eran los posibles caminos que podía trazar en mi vida y, sin embargo, mi mente se había inventado un punto de inicio y otro final separados por una recta uniforme. Andaba por un camino que ya estaba hecho por otros, no por mí. En realidad, un infinito número de senderos estaban a mi alrededor, sólo que no estaban hechos sino por hacer, a la espera de un pionero que diera los primeros pasos abriendo la hierba, moviendo la piedra. No me fue difícil entonces, aunque estuviera oscuro, ponerme de pie y empezar a andar por donde más espesa se veía la vegetación. Pude ver al viejo que estaba detrás de mí desaparecer mientras sonreía con gratitud. Ese anciano era alguien que no llegaría a ser, porque yo, Sigmund Freud, sería otro. No sé quién, pero otro, solo por haberme decidido a inventar un camino por donde, hasta entonces, sólo prosperaba la maleza.

Correr con las puertas abiertas

Running Woman. Outdoor Workout in a Park

En la década de los 90 conocí a una persona singular. Era un alguien muy interesado en todo lo espiritual y había organizado cada día de la semana en torno a algo en lo que no dejaba de estar atento, sus sentidos. Tenía un programa parecido al que les voy a mostrar.

Lunes: vista.

Martes: oído.

Miércoles: olfato.

Jueves: tacto.

Viernes: gusto.

Sábado: vista (por segunda vez)

Domingo: oído (por segunda vez)

Javier, así se llamaba, el día que dedicaba al sentido de la vista, intentaba observar cada detalle visual que le brindaba la luz. El color de algo insignificante, el movimiento veloz o lento de cualquier ser viviente. Todo. Con el mayor grado de atención que le era posible. Lo mismo hacía cuando pasaba al día siguiente y lo dedicaba a un sentido distinto. Este amigo del que hablo, en un mundo en donde la gente suele estar dispersa, estresada; donde no se respira, ni se distinguen sabores, ni se ve al prójimo ni al lejano; donde el hombre sale de su caparazón para explotar a sus hermanos, llegó a dominar un alto nivel de concentración, gozo, libertad y desprendimiento. Javier, porque estaba atento, sentía que no sólo la vida pasaba por él, sino que también él pasaba por ella, viviéndola.

Cuando hacemos Trail Running con un espíritu contemplativo, accedemos a ese mundo de puertas abiertas al que mi amigo intentaba incorporarse cada mañana. Como sabemos, día por día nos cerramos más a la realidad, convivimos con un interior plagado de miedo, con terror a todo lo que hay fuera de nosotros y nos la pasamos rumiando ya sean razones para el desasosiego o motivos que aumentan nuestras ambiciones insensatas. Este el mayor estímulo para hacer Trail Running que pueda tener cualquier persona: cuando corremos por esos trillos deformes, el camino nos empuja a que lo hagamos con las puertas abiertas, provocando que nos sintamos verdaderamente vivos y plenos. Lo opuesto a esto es continuar con la melancolía del asfalto, bloqueados, ensimismados, respirando smog; moviendo los pies como zombis y no como seres humanos plenos y agradecidos de la vida.