El uno lleva al dos y el dos al tres

Close up of feet of a runner

Close up of feet of a runner

Cuenta el Dr. Romanov que, si una persona sale a correr un día después de golpearse el dedo de un pie, terminará lesionado. Dice ésto porque, aunque usted no sea consciente de ello, su cuerpo realizará sutiles modificaciones a su mecánica con tal de no caer sobre ese dedo y que luego le duela. Ese ligero cambio creará un desbalance que lo lastimará. Todos conocemos ese corredor que se queja de alguna pequeña molestia y, de todos modos, sale a la calle sin consultar a nadie. Esa persona terminará reclinando su cuerpo hacia el lado contrario al dolor porque, ¿qué cree usted que hace su cerebro? Nada menos que protegerlo de toda sensación desagradable, cuidarlo del mal. La consecuencia, pues, es lógica, una lesión lleva a la otra; la primera a la segunda, y la segunda a la tercera.

Si siente una pequeña molestia, descanse. Si en el curso de un par de días persiste, consulte a un especialista. Recuerde lo que dije, el uno lleva al dos y el dos al tres. Aritmética fundamental.

Nota Trail: El libro que cito arriba es una lectura imprescindible para todo corredor. También lo consiguen en Amazon.

Romanov, N. “Pose Method of Running”. Pose Tech Corp. 2002

Razones para correr 100k

Spring Trail running 2

La gente que vive en la luna, como quien les escribe, también gusta de buscarle razones a las decisiones que toma. No todos lo hacen. Algunos se deciden, actúan y luego piensan en lo que hicieron, lo cual en determinadas ocasiones es lo que debe hacerse, como cuando se precisa salvarle la vida a alguien. Ahora bien, como no es el caso y la vida de nadie depende ello, hoy pensaba en porqué me mentía en eso de participar en los 100km del Caribe. La idea me mortificó un tanto porque estaba justamente corriendo bajo el sol de las doce del mediodía, minutos antes de buscar a Vivi al colegio, agotado, con el calorazo que está haciendo en este verano anticipado, imagínense. Tenía que encontrar un motivo claro para que el cansancio y la desilusión no me impidieran bajar la intensidad del entrenamiento. Hice mi lista mental, y me dije, yo voy a correr los 100km del Caribe:

– Por el contacto enriquecedor con seres humanos que aman el bien, el medio ambiente, la salud, la vida, el lado luminoso de la realidad, y que sólo en eventos como éstos se puede tener;

– por mis hijas, porque quiero mostrarles, desde pequeñas, que la vida de los periódicos, con sus neblinas y sus arenas en los ojos, no lo son todo, que también existen el verde y el azul y muchísimos más colores en el arcoíris que le da la vuelta al mundo;

– para colocar un paréntesis memorable a la rutina, ese viento mezquino que apaga los fuegos más intensos;

– para mojar mis pies en el agua del mar;

– para meter aire puro a unos pulmones que algún día se cerrarán;

– para seguir venciendo el no gigante que gobierna la mente y que no hace más que envilecernos (no lo hagas, no podrás hacerlo, deja de ser un niño y ponte a trabajar, no llegarás ni al kilómetro cinco, bla, bla, bla);

– porque algún día, por razones de edad o destino, no podré hacerlo y el presente es el único tiempo con el que cuento;

– porque correr deja un rastro -con sudor, con lágrimas, con pies cansados-, y ese rastro es aquello que, al final de nuestros días, nos dará la garantía de haber vivido.

http://100kmdelcaribe.com/es/

 

Es una estupidez

Marathon running race, people feet on road

Hace unos días, un libro volvió a mi mente y comenzó a perseguirme. Se me apareció en medio de un sueño pidiéndome que lo leyera. Como un fantasma, tocaba la puerta de mi habitación y, al abrir, desaparecía. Harto del asedio, corrí hasta la biblioteca y lo desenterré desde atrás de otros libros, escondido, a la espera. El libro, “Build your running body”, estaba dividido hacia la mitad por un separador, diciéndome que no lo había terminado y que, para los 100km del Caribe me sería de gran ayuda. Bueno, escondido de mis hijas, en el cuarto del fondo, retomé la lectura y lo acabé. En lo adelante, en los próximos aportes, estaré comentando esta lectura y traduciendo algunos pasajes de vital importancia, a mi modo de ver.

Ahora bien, si usted me pregunta de qué trata el libro y me obliga a resumírselo en unas pocas palabras, le diré con toda confianza que versa sobre la estupidez de los corredores y de cómo evitarla. Le daré algunas pistas en forma de salmo responsorial y, con eso, termino por hoy.

  • Iniciar la carrera en un sprint como si sólo se fueran a correr 100 metros planos: es una estupidez.
  • No descansar mucho y bien los días previos y posteriores a la competencia (a esto se le llama “taper”, le sugiero que investigue al respecto): es una estupidez.
  • Hacer o consumir algo nuevo el día de la carrera (comida, calzado, vestido, etc.): es una estupidez.
  • No saber a lo que se va a la competencia, si a mejorar su récord personal (completion) o a luchar por el primer lugar (competition): es una estupidez.
  • No tener un plan probado de entrenamiento, adaptado a su persona y al que se es fiel: es una estupidez.
  • No llegar a la carrera con una estrategia definida del paso que llevará por kilómetro (pace): es una estupidez.
  • Iniciar, durante la carrera, luchas infames con otros atletas por ir delante de ellos y ellos delante de usted: es una estupidez.
  • No correr con plena conciencia de lo que se hace, desconectado de su cuerpo; sin recibir, atento, el feedback que le envía: es una estupidez.

Nota Trail: más adelante iré aclarando porqué considero estupideces algunos de los datos proporcionados más arriba. Para los que quieran leer el libro, lo compré en Amazon. Estos son los datos del mismo:

Magill, P. et al. Build your running body. The Experiment,LLC. New York. 2014

http://100kmdelcaribe.com/

El cuco del corredor y una obscenidad oportuna

Running man

Tómese un momento y piense, ¿cuál cree usted que es el cuco de los corredores?

Si usted tiene tiempo corriendo, probablemente responda como yo y diga que a nada le teme más un corredor que a las lesiones.

Las lesiones, no sólo son temidas, sino que, para colmo, son una realidad con la que luchan entre el 20 y 80 por ciento de todos los corredores cada año. Poniendo el asunto en perspectiva, podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que más gente se lastima corriendo que boxeando, luchando o practicando karate, todo junto.

Las causas de las lesiones son múltiples y no hay una etiología común a todas. Yo, sin embargo, pretendo dar una que, a mi entender, precede dichas causas.

Todo el que tiene piernas y las puede mover cree que puede salir corriendo como caballo recién nacido. Esta creencia se ha solidificado aún más después del boom de MacDougall, “Nacidos para correr”. En primer lugar, una breve mirada a la situación real del hombre en el mundo nos confirma que esto no es verdad, con tanta gente coja, torcida, con pies desiguales, con dedos de menos o demás. Simplemente, no todo el mundo ha nacido para correr. En segundo lugar, aunque usted tenga en potencia la capacidad para correr, lanzarse a la calle a comer asfalto lo conducirá a una lesión tarde o temprano, sea el primer día o al tercer mes.

Según creo, la desgracia de los corredores –la lesión- deviene por no buscar asesoría desde el inicio de su proyecto atlético. La inmensa mayoría de corredores jamás ha buscado la ayuda de un profesional capacitado para entrenarlo. Existen clubes de corredores y, aún ahí, se orienta poco y mal a los integrantes, por la carencia de un técnico que les organice un plan de entrenamiento personalizado, que les tome el tiempo y evalúe su progreso, que les diga en persona cuándo hacen algo bien o mal y un millón de detalles más. Todo corredor debiera tener una persona a su lado que lleve un registro de sus avances, que lo grave y vea sus videos; que estudie detenidamente su mecánica, su forma de correr y haga los ajustes necesarios. Porque aunque usted, en particular, haya nacido para correr, debe aprender la técnica correcta para hacerlo, pues correr no es sólo cuestión de mover brazos y piernas y darle pa´lante.

Existe una carencia enorme de personal técnico que enseñe a correr. Tal vez la demanda no ha sido la suficiente porque a los que corren no les importa hacerlo bien o hacerlo mal. Quizás la gente sigue creyendo que los únicos que necesitan un entrenador son los que aspiran a competir en serio y hacerse profesionales, pero esto no es así, por lo que acabo de explicar. Hoy mismo, si le es posible, comience a buscar ayuda, hoy que no está lesionado o que pretende recuperarse de una lesión.

Recuerdo el caso de un muchacho joven. Quería ser pelotero pero, antes de llegar a las Mayores se lastimó seriamente un brazo y quedó fuera de manera definitiva de cualquier campo de béisbol. Cuando lo volví a ver me dijo, con dolor:

– Mi hermano, no pude llegar. Se me jodió el brazo.

Estuve a punto de reírme por la palabra aquella, pero su situación no era una broma y su pena era auténtica. Extrapolando su caso al nuestro, como corredores, le haré una advertencia. Si usted no busca orientación de un profesional, aunque lo suyo sea un pasatiempo y un simple deseo de correr unos 10k, usted se va a joder.

El corredor que juegue el loto morirá antes de los 50

Sport. Runner.

Un grupo de corredores se aproximó a la cima y esperaba con ansias la llegada de Zaratustra. Mientras unos miraban sus relojes y otros hacían flexiones para mantenerse calientes, apareció de atrás no Zaratustra, sino Nietzsche, el hombre de cuya mente brotó. Bajaba con sus zapatillas de corredor y toda la vestimenta propia de un atleta. Lo diferenciaba de cualquier otro de los presentes, el bigote y la mirada perruna. Se sentó y no dijo ni media palabra durante más de un minuto. El silencio se hizo tenso. En eso, a uno de los corredores, que hasta entonces jugaba con un ticket de loto entre los dedos, se le cayó el pequeño trozo de papel y Nietzsche lo vio. Detrás del bigote pareció sonreír y, justo de allí, de esa mata espesa de pelo, brotó su voz de ultratumba.

– Ludopatía, lo llaman en psicología a ese fulgor que se despierta en el pecho cuando lanzamos los dados a la mesa esperando que, de las muchas posibles formaciones numéricas, la suerte nos regale un cuatro. Y dije la “suerte” –Nietzsche dibujó comillas con los dedos-. En otros tiempos a eso se le llamó fortuna, por la diosa del mismo nombre, un ser caprichoso que quitaba y daba por antojo. Esa tal Fortuna, entre la gente pensante, no tenía buena fama. Decía Séneca, por ejemplo, que el hombre que le enciende sus velas a la fortuna se degrada, se vuelve bestia.

“En el extremo opuesto al juego de la fortuna está el esfuerzo. En el esfuerzo no hay altar, no se encienden cirios, usted tiene que sudar. Es el camino de los pocos, de los que están convencidos de que llega el que da pequeños pasos, y en cada paso se hace más fuerte.

“A ambos, al que tiene una meta dividida en pequeños desafíos, y al que le hace guiños a la fortuna, los vemos corriendo por ahí. El que se esfuerza lo encontramos casi a diario dejando tierra detrás. Al otro lo vemos sudar de vez en cuando, soñando con tener buena suerte el día de la carrera, rogándole a su diosa clemencia para no quedar deshidratado o lesionado en el kilómetro tal.

“Jugar la loto, a las cartas o a los caballos, estropea la psique del hombre, lo hace adicto al punchón de la adrenalina; lo debilita; lo hace confiar en el milagro de la suerte y no en el del “proceso” que lo hace fuerte –volvió a dibujar comillas al decir “proceso”-. Por eso, correr y apostar; apostar y vivir, son asuntos incompatibles si se quiere tocar los talones de los seres humanos que han alcanzado grandeza en el mundo.

“Algunos dirán, ajá, muy bien pero, ¿y si me lo saco? ¿Y si gano el maratón? Es verdad, puede ser. Empero, mientras tanto, al 99.99% de los que se arrodillan ante Fortuna le espera morir temprano, a los 50 y, no por correr, morirán de algo más doloroso, morirán de una gran decepción.

Nietzsche terminó su discurso, se puso de pie y volvió corriendo al lugar de donde salió. Los corredores, atónitos aún, le dieron la espalda al vacío de Nietzsche. Se juraron en el camino nunca más volver a aquel lugar para escuchar semejantes banalidades. Mientras bajaban la cuesta, muchos lo hacían agarrando el número que habían jugado temprano, porque era sábado, y el sorteo prometía más de cien millones.

Contemplar el horizonte que nunca podremos tocar

Silhouette of a couple running at sunset

Salimos todos a la calle y nos dispersamos caminando en distintas direcciones. Dividía la avenida en dos un parque igual de ancho, con muchísimos árboles y flores silvestres. Por ahí nos fuimos perdiendo hasta encontrar algo de soledad porque además, como ayuda, el lugar era muy poco transitado. Raras veces se veía pasar un vehículo y, cuando se miraba al cielo, casi siempre se topaba uno con algún buitre con las alas abiertas, planeando. Teníamos dos horas para nosotros y una sola meta en común, contemplar.

No era extraño que se nos pidiera salir a hacer nada, como decíamos. Pero era preciso aprender a hacer eso, contemplar, con tal de adquirir a fuerza de ejercicio, algo más escurridizo aún, algo que ni siquiera quien nos lo ordenaba a hacer podía explicar con aceptable precisión, me refiero a tener un “espíritu contemplativo”. En muy escasas ocasiones pude experimentar algo que no fuera sueño. Era muy joven entonces. Los demás también. Es una excusa, cierto, pero a fin de cuentas la experiencia no pasó a mucho. Eso sí, aprendí bastante a mi pesar y un poco de eso les pienso comentar, porque tiene que ver con el Trail Running, esa actividad que tanto nos apasiona.

Recuerdo eso de la búsqueda de un espíritu contemplativo porque ya no escucho, desde hace años, a nadie hablar de ello, luego de haber despertado tanto interés. También porque bajaba este fin de semana, el Viernes Santo, para ser precisos, por una cuesta inclinada, casi exclusivamente viéndome los pies cuando, de repente, el paisaje me asaltó, me dijo que elevara los ojos y me sugirió que le explicara lo que veía y, eso que nubló mis ojos, se llama belleza. La belleza me dobló algo, muy adentro. No sé qué, pero algo cerca del estómago. Me detuve y pensé, y luego de dejé de pensar, porque lo primero que llegó a mi mente fue el cálculo de cuánto podría costar aquella parcela y si yo la podía comprar. Pensé lo feliz de la vida que estaría si me asentara por allí y las veces que podría beber de aquella hermosura mientras corría o me recostaba de un tronco con mis hijas y mi esposa a conversar. Esto que pensé, es lo mismo que nos impulsa como seres humanos a comprar peces para llevarnos sus colores a nuestras casas a cambio de dos pellizcos de comida; también lo que nos hace adquirir obras de arte muy valoradas por los críticos o casas con jardines japoneses sin ser japoneses o vivir en Japón. Es lo mismo que nos lleva a buscar la mujer más hermosa o al hombre más elegante como pareja. También lo que, tristemente, nos hace presentarnos lo más atractivos –con músculos, con ropa o con cirugía- ante el mundo con tal de que alguien desee poseernos y nos compre. Porque es imposible vivir sin belleza y deseamos poseerla a como dé lugar, comprarla aunque sea con el dinero ajeno. Sin embargo, cuando se corre por el trillo de la vida con un espíritu contemplativo, las cosas cambian.

El que contempla pasa por el mismo monte, se deja invadir el alma por la belleza que el mundo le ofrece y lo deja todo tal cual, en las manos de los demás, porque el que contempla sabe algo que todo el que se está muriendo quisiera gritar, que no forma parte de la naturaleza del ser humano el poseer. Que nada se puede poseer, aunque se compre y se tenga un título que lo certifique. Comprar no es poseer. Repítalo como un mantra y salga a correr. Porque lo nuestro es pasar por el monte para que el monte se quede ahí. Así es, tránsito, mutación, desgaste, vejez. Porque el ser humano ni siquiera puede decir que se posea a sí mismo, sin mentir. Afirmar que voy a comerme un pan y luego comérmelo no significa que me posea y que controle, por ello, la totalidad de mi destino.

Pero para contemplar, hay que detenerse más de una vez, dejar de respirar para que el mundo nos respire a nosotros, dejar que la brisa nos vea a nosotros y sentir eso, solo eso y callar. Sí, contemplar es callarse la boca de una vez por todas, fijarse en el horizonte que, de ser lo más cotidiano del mundo, pasa a ser aquello que nunca nuestras manos podrán tocar porque, por cada paso que damos, él se aleja dos. Pero sin hipocresía, sin jugar a engañarnos o a mostrarnos ante los demás como iluminados que casi levitan, lo cual es absurdo y ridículo a la vez, porque cuando no se es quien se es, sino que se pretende actuar como si se fuera otro, hasta el más burdo de los seres humanos lo puede percibir.

Tener un espíritu contemplativo, mientras se hace trail running, nos conduce a algo muchísimo más importante y de eso hablaré en la próxima entrega, porque ahora voy cerrar la boca para salir a correr.