Correr los 100km del Caribe. Segunda entrega

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NUESTRO INTERIOR

Todo comienza en nuestro interior. El acto de correr, también. Y comienza con los mensajes que nos dirigimos a nosotros mismos y, de los cuales, a veces, no somos conscientes. Para correr los 100km del Caribe es vital respondernos un par de preguntas que nos afectan física y psicológicamente, y que ponen al descubierto eso que nos decimos calladamente. La primera pregunta es, evidentemente, porqué lo hacemos. Definir nuestros motivos devela las razones por las cuales nos proponemos sudar durante cinco días y gastar la cantidad de dinero que gastaremos. Lo ideal es encontrar motivos nobles para hacerlo y, si no los hay, al momento, inventarlos.

La segunda pregunta que debiéramos respondernos se refiere a eso que, en concreto, queremos conseguir en la carrera. Objetivos, para esta carrera, podrían ser, por ejemplo, llegar entre los primeros tres finalistas, ser los primeros en nuestra categoría, compartir con nuestros amigos, viajar por ciudades que nos gustan, conocer lugares hermosos y así por estilo. Mi meta, en particular es ésta: correr 10 kilómetros un día después de terminar los 100km del Caribe. Es decir, el lunes siguiente, ya en Santiago, quiero correr 10 kilómetros como si nada, sin molestias y a buen ritmo. Lo que busco detrás de este objetivo es cuidar de mí lo más posible, porque me interesa más tener una larga vida de corredor, que un momento breve de éxito que me deje incapacitado para realizar el deporte de que me apasiona.

 

CONOCER LAS REGLAS

Es importante leer con cuidado las normas de la competencia. Todo está desglosado con detalle en la página de los 100km del Caribe. Al hacerlo, nos vamos a librar de sorpresas desagradables en lugares en los que, probablemente, no tendremos acceso a lo que se nos exige. Por ejemplo, los organizadores piden llevar, durante las carreras, un silbato o, dependiendo de la distancia, un mínimo de dos litros de agua encima.

Al leer las normas, me enteré que está prohibido correr con sandalias o cualquier tipo de calzado abierto. Los organizadores no explican porqué, pero sí lo especifican. Para mí fue importante leer este detalle porque tenía en mente correr la tercera y la quinta etapas con sandalias, ya que en las mismas no se cruzan ríos y a mí me gusta correr en ellas.

 

CALZADO Y VESTIMENTA

Es importante tener a mano más de un par de tenis de trillo. Si fuera posible, uno por carrera, ya que al final de cada una los tenis estarán o muy sucios o muy mojados. También existe la posibilidad de que se rompan. Esto es especialmente importante para las personas que no viven en ninguna de las ciudades en las que se realizará el evento porque podría hacerse difícil lavar y secar unos tenis de un día para otro en una ciudad en la que estamos de paso.

Las medias, como es sabido, no deben tener algodón, porque este tejido retiene el sudor y el agua, y favorece el nacimiento de ampollas y llagas.

En cuanto a los pantalones, me gusta que tengan bolsillos porque así tengo departamentos cercanos a las manos para colocar comida y geles. Correr en trillos no es lo mismo que hacerlo en competencias de asfalto, en donde usted puede tener puntos de hidratación cada cinco kilómetros y no necesita llevar ni un termo de agua. También debe observar que los pantalones no retengan ni sudor ni agua. Hoy corrí con unos pantalones que, luego de 10 kilómetros, comenzaron a caérseme en las bajadas porque se pusieron pesados con el sudor cargaban. Esos no van para los 100km del Caribe.

Un protector solar es esencial. Especialmente para la cuarta etapa, en donde se estará corriendo por más de cinco horas bajo el sol.

Si ha de correrse con el chip de los que se atan al calzado, hay que cuidarlos y saber siempre en el lugar en el que se guarda para evitar contratiempos.

Lleve banditas para curar heridas, llagas y ampollas en un bolsillo durante cada etapa.

Lo demás, lentes, gorras, artículos con compresión, me parecen opcionales y dependerán del gusto de cada cual.

 

COMIDA Y BEBIDA

Hoy, bajando la Loma del Chivo, me dijo Nick que, en carreras de larga distancia (los 45 km de la cuarta etapa, por ejemplo), trata de comer todo cuanto pueda, la mayor parte del tiempo, y tiene sentido. Lo ideal es, al menos 100 calorías por hora, porque corriendo, como se sabe, se consume bastante y el cuerpo necesita tener de dónde halar los nutrientes o te obliga a detenerte de puro agotamiento. Para los 100km hay que llevar las barras energéticas y todos los geles que se consideren necesarios.

Yo, además, llevo pastillas de sales porque conozco mi cuerpo y sé que después del kilómetro veinte ya he expulsado sodio y potasio como para repartir en cubetas. Si no repongo esos minerales, las piernas se me trancan y no puedo ni caminar.

Usted debe escoger los sistemas de hidratación que le son más cómodos. Yo, por debajo de los 12 kilómetros, con un termo de 20 onzas tengo suficiente. Por encima de esa distancia, llevo mi mochila con dos litros de agua. Cada sistema tiene sus ventajas y desventajas. Elija siempre lo que le resulte más cómodo para cada momento.

Durante la competencia, hay que beber agua antes de que nos asalte la sed. Si comenzó a tener sed porque ya tiene una hora sin probar agua, tal vez no termine la carrera por deshidratación. Y usted dirá: “!pero yo bebí muchísima agua anoche y minutos antes de la carrera!” A usted que dice eso le recuerdo que los seres humanos no son como los camellos, no almacenamos agua, por lo que hay que irla reponiendo en la misma medida en la que la vamos perdiendo por la orina y el sudor.

 

TENER UN PLAN

Es bueno tener un plan para realizar esta carrera de cinco días con éxito. Les contaré el mío, que es de lo más simple en el mundo. Mi plan es hacer toda la carrera en un negative Split, como si las cinco carreras fueran una sola. Comenzaré el primer día despacio y procuraré aumentar la intensidad paulatinamente día por día, siempre reservando lo mejor para el día siguiente. Esto cobra lógica cuando vemos que la distancia más larga habrá que correrla casi al final, en el cuarto día. Me parece que hay que guardarse para la cuarta etapa, conservar nuestras fuerzas para entonces, porque en ese día se realizará el único ultramaratón de toda la competencia y, hermanos, un ultra es un ultra.

 

SUBIR Y BAJAR

Este tipo de competencias, las de trillo, consisten, básicamente, en saber subir y en saber bajar, porque de eso se tratará, de subir muchas lomas y de, luego, bajarlas. Estar conscientes de esto es importantísimo por muchas razones, una de ellas son sus rodillas y su pelvis. La mayor parte de los corredores suelen caminar las subidas y correr en las bajadas. Sin embargo, si usted no confía en sus rodillas, tendones, pelvis y tobillos; si ha tenido molestias o lesiones resientes en alguna de estas partes del cuerpo, debiera hacer justamente lo contrario, correr las subidas, todo cuanto pueda y, más adelante, caminar las bajadas, en especial si el grado de inclinación es pronunciado. Pienso de este modo porque el impacto que reciben nuestras caderas y piernas se duplica en las bajadas y, por ello, será más fácil que se lesione. Si aún no ha leído o escuchado nada de cómo subir y bajar montañas, es bueno que investigue ahora mismo, porque si no… bueno.

 

CELEBRAR

Sin duda, lo mejor de correr es compartir con la gente que, como uno, corre. Y compartir, no sólo corriendo, sino también celebrando. Por eso, lo verdaderamente excepcional de todo lo que nos espera en los próximos días será eso, una celebración de cinco jornadas. Una celebración larga y memorable como para contar nuestros nietos, si algún día los tenemos.

De los 100km del Caribe a Laguna Prieta

Couple of women running and walking on the beach

Ha concluido la inolvidable experiencia de los 100km del Caribe. Nos llevamos un grato recuerdo de las personas con las que compartimos la euforia de la línea de meta, el olor húmedo del mar, las tantas playas de inefable azul. Despegar el pie de la arena ha requerido mucho esfuerzo, y el esfuerzo ha valido la pena. El esfuerzo volverá a valer cuando nos encontremos el 28 de junio en Laguna Prieta; cuando, al juntarnos, nos volvamos a saludar y se llenen nuestros ojos del verde de la naturaleza que nos hace correr, como locos, hacia ella.

La misteriosa asunción de Lilo Comarazmi

Runner drinking water of the bottle after intensive evening jog

En el año 1984, un señor de enorme curiosidad se dedicó a contar la cantidad de pasos por minuto que daban todos los corredores en las Olimpíadas de ese mismo año. Ese señor, Jack Daniels, descubrió que, con la excepción de un solo atleta, todos daban más de 180 pasos por minuto. Unos años después escribió un libro –“Daniel´s Running Formula”– en el que recomendaba la importancia de mantener una cadencia similar si se quería llegar a ser un buen corredor. Mucha investigación se ha hecho sobre el asunto de los 180 pasos y se ha descubierto una relación estrecha entre correr rápido -con pasos cortos- y una disminución significativa de las lesiones. Este es un dato famoso y probablemente lo haya usted escuchado como lo hizo, en su tiempo, Lilo Comarazami.

Dar más de 180 pasos por minuto llegó a ser, en poco tiempo, la meta de corredores y entrenadores. Alguien llegó a proponer que para alcanzar dicho objetivo, que le imponía al corredor moverse bastante rápido, había que programar la mente convenciéndola de que se corría descalzo sobre fuego ardiente. A Lilo Comarazami, que leía de todo, que amaba correr y estaba muy interesado en mejorar su tiempo y su récord personal, la idea de Daniels le resultó interesante, no así la imagen del suelo ardiendo porque, al ser un cristiano fervoroso, se le parecía demasiado a una estancia pasajera en el infierno. A Lilo le gustaba correr, pero más le gustaba la idea de pasar a mejor vida en el cielo así que, se las ingenió para crearse una imagen personal que lo hiciera dar esa cantidad mínima de pasos sin, por ello, llevarse al infierno. Imaginó que antes de iniciar la carrera, segundos antes, encontraba la tumba del Señor abierta y él, adentro, esperándole para pedirle que saliera corriendo a anunciar la buena nueva de su resurrección. Lilo lo imaginó, lo puso en práctica y, además, le funcionó. La gente llegó a decir que por una extraña autosugestión, ganó media docena de eventos.

Esta particular manera de motivarse, sin embargo, no fue lo que lo hizo famoso. Dos hechos lograron poner su nombre en la boca de todos y el primero fue gritar, sin proponérselo, un jubiloso “¡resucitó!”, al llegar a la meta de un evento nacional. La otra fue salir al frente de un pelotón de corredores en una competencia por las calles de su pueblo y desaparecer.

La gente sólo recuerda haberlo visto al inicio de la carrera y nada más. Ni siquiera las cámaras ni los teléfonos móviles pudieron registrar lo que con él sucedió. Todavía hoy se cree que Lilo Comarazami, comenzada la carrera y sin que nadie se diera cuenta, fue asunto al cielo, donde comparte residencia con su Señor.

Nota trail: todo lo dicho sobre los 180 pasos por minuto y su creador es cierto. Léase el libro de Daniel, para más información: “Daniel´s Running Formula”. El libro está disponible en su tercera edición a través de Amazon, tanto en formato de papel como en el digital (cuesta tan sólo 6 dólares).

A usted lo corrieron

person running on beach at sunset

Si usted se levanta todas las mañanas a trabajar, toma su auto y forma parte del primer embotellamiento del día; si se casó joven y sin saber porqué; si tiene dos hijos que desconoce; si apenas tiene tiempo para compartir con ellos y, cuando, lo hace, le faltan las fuerzas; si estudió una carrera cualquiera para cumplir con las expectativas sociales; si le duelen la espalda y el cuello; si tiene deudas que no sabe cuándo podrá saldar; si el banco es el dueño de la mitad de sus horas porque trabaja para conseguir el efectivo que le tomó prestado; si el único momento del día en el que puede disfrutar es cuando se toma un trago y procura olvidarse del mundo; si apenas puede conciliar el sueño; si su perspectiva de futuro es vaga y nada le brinda satisfacción; si lo único que le pide al día es poder olvidarlo; si su pareja se apagó como una noche sin luna y usted representa para ella otro pozo de oscuridad; si los fines de semana no sabe qué hacer cuando los hijos le saltan en las piernas; si olvidó dar afecto, sonreír, inventarse una canción que no sabe cantar; si sufre por los logros ajenos, mientras piensa que no avanza ni un pequeño paso en su vida… permítame decirle que usted no es un corredor, que no corre, que a usted lo están corriendo. Cuando llegue a viejo y se vea los pies, los verá de niños, sin estrenar, como quien acaba de nacer.

Nota trail: si usted es un corredor de trillo, tarde o temprano la naturaleza le brindará la posibilidad de abrir un nuevo camino. Tráguese su miedo y no se lo piense dos veces para reinventar los senderos del mundo, que sólo por ocasiones similares valdrá la pena haber vivido. La opción alterna es la de seguir comiendo, durmiendo y defecando, algo mucho peor que el servicio desinteresado que nos dan los perros que, como añadidura, saben proteger y mover el rabo.

El cuco del corredor y una obscenidad oportuna

Running man

Tómese un momento y piense, ¿cuál cree usted que es el cuco de los corredores?

Si usted tiene tiempo corriendo, probablemente responda como yo y diga que a nada le teme más un corredor que a las lesiones.

Las lesiones, no sólo son temidas, sino que, para colmo, son una realidad con la que luchan entre el 20 y 80 por ciento de todos los corredores cada año. Poniendo el asunto en perspectiva, podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que más gente se lastima corriendo que boxeando, luchando o practicando karate, todo junto.

Las causas de las lesiones son múltiples y no hay una etiología común a todas. Yo, sin embargo, pretendo dar una que, a mi entender, precede dichas causas.

Todo el que tiene piernas y las puede mover cree que puede salir corriendo como caballo recién nacido. Esta creencia se ha solidificado aún más después del boom de MacDougall, “Nacidos para correr”. En primer lugar, una breve mirada a la situación real del hombre en el mundo nos confirma que esto no es verdad, con tanta gente coja, torcida, con pies desiguales, con dedos de menos o demás. Simplemente, no todo el mundo ha nacido para correr. En segundo lugar, aunque usted tenga en potencia la capacidad para correr, lanzarse a la calle a comer asfalto lo conducirá a una lesión tarde o temprano, sea el primer día o al tercer mes.

Según creo, la desgracia de los corredores –la lesión- deviene por no buscar asesoría desde el inicio de su proyecto atlético. La inmensa mayoría de corredores jamás ha buscado la ayuda de un profesional capacitado para entrenarlo. Existen clubes de corredores y, aún ahí, se orienta poco y mal a los integrantes, por la carencia de un técnico que les organice un plan de entrenamiento personalizado, que les tome el tiempo y evalúe su progreso, que les diga en persona cuándo hacen algo bien o mal y un millón de detalles más. Todo corredor debiera tener una persona a su lado que lleve un registro de sus avances, que lo grave y vea sus videos; que estudie detenidamente su mecánica, su forma de correr y haga los ajustes necesarios. Porque aunque usted, en particular, haya nacido para correr, debe aprender la técnica correcta para hacerlo, pues correr no es sólo cuestión de mover brazos y piernas y darle pa´lante.

Existe una carencia enorme de personal técnico que enseñe a correr. Tal vez la demanda no ha sido la suficiente porque a los que corren no les importa hacerlo bien o hacerlo mal. Quizás la gente sigue creyendo que los únicos que necesitan un entrenador son los que aspiran a competir en serio y hacerse profesionales, pero esto no es así, por lo que acabo de explicar. Hoy mismo, si le es posible, comience a buscar ayuda, hoy que no está lesionado o que pretende recuperarse de una lesión.

Recuerdo el caso de un muchacho joven. Quería ser pelotero pero, antes de llegar a las Mayores se lastimó seriamente un brazo y quedó fuera de manera definitiva de cualquier campo de béisbol. Cuando lo volví a ver me dijo, con dolor:

– Mi hermano, no pude llegar. Se me jodió el brazo.

Estuve a punto de reírme por la palabra aquella, pero su situación no era una broma y su pena era auténtica. Extrapolando su caso al nuestro, como corredores, le haré una advertencia. Si usted no busca orientación de un profesional, aunque lo suyo sea un pasatiempo y un simple deseo de correr unos 10k, usted se va a joder.

El corredor que juegue el loto morirá antes de los 50

Sport. Runner.

Un grupo de corredores se aproximó a la cima y esperaba con ansias la llegada de Zaratustra. Mientras unos miraban sus relojes y otros hacían flexiones para mantenerse calientes, apareció de atrás no Zaratustra, sino Nietzsche, el hombre de cuya mente brotó. Bajaba con sus zapatillas de corredor y toda la vestimenta propia de un atleta. Lo diferenciaba de cualquier otro de los presentes, el bigote y la mirada perruna. Se sentó y no dijo ni media palabra durante más de un minuto. El silencio se hizo tenso. En eso, a uno de los corredores, que hasta entonces jugaba con un ticket de loto entre los dedos, se le cayó el pequeño trozo de papel y Nietzsche lo vio. Detrás del bigote pareció sonreír y, justo de allí, de esa mata espesa de pelo, brotó su voz de ultratumba.

– Ludopatía, lo llaman en psicología a ese fulgor que se despierta en el pecho cuando lanzamos los dados a la mesa esperando que, de las muchas posibles formaciones numéricas, la suerte nos regale un cuatro. Y dije la “suerte” –Nietzsche dibujó comillas con los dedos-. En otros tiempos a eso se le llamó fortuna, por la diosa del mismo nombre, un ser caprichoso que quitaba y daba por antojo. Esa tal Fortuna, entre la gente pensante, no tenía buena fama. Decía Séneca, por ejemplo, que el hombre que le enciende sus velas a la fortuna se degrada, se vuelve bestia.

“En el extremo opuesto al juego de la fortuna está el esfuerzo. En el esfuerzo no hay altar, no se encienden cirios, usted tiene que sudar. Es el camino de los pocos, de los que están convencidos de que llega el que da pequeños pasos, y en cada paso se hace más fuerte.

“A ambos, al que tiene una meta dividida en pequeños desafíos, y al que le hace guiños a la fortuna, los vemos corriendo por ahí. El que se esfuerza lo encontramos casi a diario dejando tierra detrás. Al otro lo vemos sudar de vez en cuando, soñando con tener buena suerte el día de la carrera, rogándole a su diosa clemencia para no quedar deshidratado o lesionado en el kilómetro tal.

“Jugar la loto, a las cartas o a los caballos, estropea la psique del hombre, lo hace adicto al punchón de la adrenalina; lo debilita; lo hace confiar en el milagro de la suerte y no en el del “proceso” que lo hace fuerte –volvió a dibujar comillas al decir “proceso”-. Por eso, correr y apostar; apostar y vivir, son asuntos incompatibles si se quiere tocar los talones de los seres humanos que han alcanzado grandeza en el mundo.

“Algunos dirán, ajá, muy bien pero, ¿y si me lo saco? ¿Y si gano el maratón? Es verdad, puede ser. Empero, mientras tanto, al 99.99% de los que se arrodillan ante Fortuna le espera morir temprano, a los 50 y, no por correr, morirán de algo más doloroso, morirán de una gran decepción.

Nietzsche terminó su discurso, se puso de pie y volvió corriendo al lugar de donde salió. Los corredores, atónitos aún, le dieron la espalda al vacío de Nietzsche. Se juraron en el camino nunca más volver a aquel lugar para escuchar semejantes banalidades. Mientras bajaban la cuesta, muchos lo hacían agarrando el número que habían jugado temprano, porque era sábado, y el sorteo prometía más de cien millones.

El psicoanálisis nació en un trillo

Man running in the foggy countryside near a windmill.

 

Bajaba por la pendiente cuando, a lo lejos, divisé el punto pequeño de alguien que subía lentamente. El camino era estrecho y lo definía una espesa hierba que me llegaba a la cintura. Era la primera vez que pasaba por allí y, sinceramente, no lograba saciarme de tanta belleza verde y azul como la que adornaba el trayecto. El hombre pequeño se hizo con mi altura e intentaba pasar por mi lado cuando lo detuve. Estaba delgado, arrugado, exangüe. Tenía la barba muy blanca y desaliñada. Ese viejito que apenas podía subir unos cuantos metros sin ahogarse era nada menos que yo, bajando de la altura de mi futuro, devolviéndose con prisa a la busca de algo.

– Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, anciano? –pregunté, enojado.

– Voy a donde todo comenzó –me dijo, casi sin aliento.

– Pero, ¿a buscar qué? De allá venimos. Sabes que no hay nada que buscar en ese sótano asfixiante –le repliqué.

– Algo falta, Sigmund. Estás equivocado. La respuesta está allá, en ese lugar en donde dimos nuestros primeros pasos –se secó el sudor con una mano.

– No es posible –le dije. Sí, el viejo me hizo dudar por un instante-. De ser cierto no tendría ningún sentido avanzar, dar un simple paso a ninguna parte, subir esta cuesta a la que no se le ve fin; entrenar, hacernos fuertes; adquirir destrezas que nos hagan fácil la tarea de llegar más lejos en el menor tiempo posible.

– Eso creía yo cuando, siendo de tu edad, pasé por aquí y, yo mismo, ya viejo, me pasé por el lado.

– ¿Qué estupidez es la que acabas de decir? –me dispuse a seguir corriendo. Sentía que perdía el tiempo con aquella conversación tan torcida. Finalmente, dándole la espalda, le dije:- Me voy. No puedo perder un segundo más hablando tonterías.

– Claro que te vas. De otro modo no podría yo estar aquí hablando contigo. Esa es la forma de nuestro destino, circular, como las estaciones. Lamentablemente.

El viejo habló con un dejo de tristeza. Yo, que ya daba mis primeros pasos, volví a detenerme. Aquellas palabras me dieron una punzada dolorosa. Era cierto, de seguir, en unos años estaría volviendo sobre mis pasos, en la búsqueda de algo que no estaba allá, en la cima, en mi futuro.

Tampoco estaba seguro de que volviendo atrás encontraría ese algo que como viejo buscaba. Tal vez sólo diera con el vacío más grande del universo, si eso fuera posible.

Toqué la hierba. Estaba florecida y, al tacto, se sentía suave. Me senté unos instantes, tranquilo. A lo lejos, la montaña se veía entre azul y negra, y detrás de mí, el viejo seguía inmóvil, a la espera. Cuando el sol comenzó a ocultarse, una fina capa de humedad, como de seda, comenzó a cubrir todo mi cuerpo, me abracé a mí mismo buscando calor, protección de la niebla y el rocío. Me sentía solo, aunque tuviera por compañía a ese vejete que era mi futuro. De pronto, comenzaron a salir estrellas de un lado y de otro, como si alguien malvado estuviera pinchando con un alfiler el globo del cielo. Eran cientos, miles, millones. Jamás había visto tantas estrellas con tan poco cielo haciéndoles contraste. Entonces comprendí algo. Así como estrellas había en el universo eran los posibles caminos que podía trazar en mi vida y, sin embargo, mi mente se había inventado un punto de inicio y otro final separados por una recta uniforme. Andaba por un camino que ya estaba hecho por otros, no por mí. En realidad, un infinito número de senderos estaban a mi alrededor, sólo que no estaban hechos sino por hacer, a la espera de un pionero que diera los primeros pasos abriendo la hierba, moviendo la piedra. No me fue difícil entonces, aunque estuviera oscuro, ponerme de pie y empezar a andar por donde más espesa se veía la vegetación. Pude ver al viejo que estaba detrás de mí desaparecer mientras sonreía con gratitud. Ese anciano era alguien que no llegaría a ser, porque yo, Sigmund Freud, sería otro. No sé quién, pero otro, solo por haberme decidido a inventar un camino por donde, hasta entonces, sólo prosperaba la maleza.

Correr con las puertas abiertas

Running Woman. Outdoor Workout in a Park

En la década de los 90 conocí a una persona singular. Era un alguien muy interesado en todo lo espiritual y había organizado cada día de la semana en torno a algo en lo que no dejaba de estar atento, sus sentidos. Tenía un programa parecido al que les voy a mostrar.

Lunes: vista.

Martes: oído.

Miércoles: olfato.

Jueves: tacto.

Viernes: gusto.

Sábado: vista (por segunda vez)

Domingo: oído (por segunda vez)

Javier, así se llamaba, el día que dedicaba al sentido de la vista, intentaba observar cada detalle visual que le brindaba la luz. El color de algo insignificante, el movimiento veloz o lento de cualquier ser viviente. Todo. Con el mayor grado de atención que le era posible. Lo mismo hacía cuando pasaba al día siguiente y lo dedicaba a un sentido distinto. Este amigo del que hablo, en un mundo en donde la gente suele estar dispersa, estresada; donde no se respira, ni se distinguen sabores, ni se ve al prójimo ni al lejano; donde el hombre sale de su caparazón para explotar a sus hermanos, llegó a dominar un alto nivel de concentración, gozo, libertad y desprendimiento. Javier, porque estaba atento, sentía que no sólo la vida pasaba por él, sino que también él pasaba por ella, viviéndola.

Cuando hacemos Trail Running con un espíritu contemplativo, accedemos a ese mundo de puertas abiertas al que mi amigo intentaba incorporarse cada mañana. Como sabemos, día por día nos cerramos más a la realidad, convivimos con un interior plagado de miedo, con terror a todo lo que hay fuera de nosotros y nos la pasamos rumiando ya sean razones para el desasosiego o motivos que aumentan nuestras ambiciones insensatas. Este el mayor estímulo para hacer Trail Running que pueda tener cualquier persona: cuando corremos por esos trillos deformes, el camino nos empuja a que lo hagamos con las puertas abiertas, provocando que nos sintamos verdaderamente vivos y plenos. Lo opuesto a esto es continuar con la melancolía del asfalto, bloqueados, ensimismados, respirando smog; moviendo los pies como zombis y no como seres humanos plenos y agradecidos de la vida.