El corredor que juegue el loto morirá antes de los 50

Sport. Runner.

Un grupo de corredores se aproximó a la cima y esperaba con ansias la llegada de Zaratustra. Mientras unos miraban sus relojes y otros hacían flexiones para mantenerse calientes, apareció de atrás no Zaratustra, sino Nietzsche, el hombre de cuya mente brotó. Bajaba con sus zapatillas de corredor y toda la vestimenta propia de un atleta. Lo diferenciaba de cualquier otro de los presentes, el bigote y la mirada perruna. Se sentó y no dijo ni media palabra durante más de un minuto. El silencio se hizo tenso. En eso, a uno de los corredores, que hasta entonces jugaba con un ticket de loto entre los dedos, se le cayó el pequeño trozo de papel y Nietzsche lo vio. Detrás del bigote pareció sonreír y, justo de allí, de esa mata espesa de pelo, brotó su voz de ultratumba.

– Ludopatía, lo llaman en psicología a ese fulgor que se despierta en el pecho cuando lanzamos los dados a la mesa esperando que, de las muchas posibles formaciones numéricas, la suerte nos regale un cuatro. Y dije la “suerte” –Nietzsche dibujó comillas con los dedos-. En otros tiempos a eso se le llamó fortuna, por la diosa del mismo nombre, un ser caprichoso que quitaba y daba por antojo. Esa tal Fortuna, entre la gente pensante, no tenía buena fama. Decía Séneca, por ejemplo, que el hombre que le enciende sus velas a la fortuna se degrada, se vuelve bestia.

“En el extremo opuesto al juego de la fortuna está el esfuerzo. En el esfuerzo no hay altar, no se encienden cirios, usted tiene que sudar. Es el camino de los pocos, de los que están convencidos de que llega el que da pequeños pasos, y en cada paso se hace más fuerte.

“A ambos, al que tiene una meta dividida en pequeños desafíos, y al que le hace guiños a la fortuna, los vemos corriendo por ahí. El que se esfuerza lo encontramos casi a diario dejando tierra detrás. Al otro lo vemos sudar de vez en cuando, soñando con tener buena suerte el día de la carrera, rogándole a su diosa clemencia para no quedar deshidratado o lesionado en el kilómetro tal.

“Jugar la loto, a las cartas o a los caballos, estropea la psique del hombre, lo hace adicto al punchón de la adrenalina; lo debilita; lo hace confiar en el milagro de la suerte y no en el del “proceso” que lo hace fuerte –volvió a dibujar comillas al decir “proceso”-. Por eso, correr y apostar; apostar y vivir, son asuntos incompatibles si se quiere tocar los talones de los seres humanos que han alcanzado grandeza en el mundo.

“Algunos dirán, ajá, muy bien pero, ¿y si me lo saco? ¿Y si gano el maratón? Es verdad, puede ser. Empero, mientras tanto, al 99.99% de los que se arrodillan ante Fortuna le espera morir temprano, a los 50 y, no por correr, morirán de algo más doloroso, morirán de una gran decepción.

Nietzsche terminó su discurso, se puso de pie y volvió corriendo al lugar de donde salió. Los corredores, atónitos aún, le dieron la espalda al vacío de Nietzsche. Se juraron en el camino nunca más volver a aquel lugar para escuchar semejantes banalidades. Mientras bajaban la cuesta, muchos lo hacían agarrando el número que habían jugado temprano, porque era sábado, y el sorteo prometía más de cien millones.

La muerte del algodón

Runner feet running on road closeup on shoe. woman fitness sunri

El señor Manolo, un sexagenario que corre como un joven de quince, tenía un sueño: correr de Santiago a La Vega, unos 28 kilómetros mal contados. Lo conocí a través de Frederick quien, a su vez, corrió con él en la universidad una mañana temprano.

Era un reto para mí acompañarlos hasta La Vega. 28k sobre asfalto no eran un atractivo en lo absoluto. Cerraba los ojos e imaginaba lo que dirían de mí las rodillas y los tobillos luego de un recorrido como ese, sin hierba ni desniveles rocosos. Acepté, pero con los dedos cruzados. Esa mañana me colgué mi cinturón de hidratación, unos calcetines cortos, una visera, los Merrell que adoro –hablaré de mis Merrell en otra ocasión, se lo merecen-, pantalones, camiseta y un guineo –ups-. Encontré a mis amigos cerca de casa y salimos a correr desde El Embrujo I.

Nada, ni los camiones que se nos venían de frente, ni los motociclistas que nos sorprendían con las luces apagadas, ni la cuesta de kilómetros de Puñal me causó tanto malestar como lo hizo una ampolla enorme que me fue brotando en el pie derecho. Cuando llegué a La Vega, apenas podía caminar. No le di importancia al asunto y un par de semanas la ampolla había desaparecido pero, leyendo por ahí un librito de un tal Jason Fitzgerald (“101 simple ways to be a better runner”), supe que la causa de mi ampolla estaba en nada menos que mis calcetines, por ser de algodón. Firzgerald en tono jocoso nos dice que han pasado más de veinticinco años después del boom de los calcetines de algodón y muchísimos adelantos técnicos han creado una prenda bastante más sofisticada que nos permite correr sin el menor tipo de molestia.

En conclusión, los calcetines del corredor deben ser así, de corredores. No cometa el mismo error que yo y únase a mí para darle un entierro definitivo algodón. Al menos al que se usó en los calcetines para correr. Descanse en paz. Amén.

De guerrero a trillero

No se lo pierdan. Un video interesante sobre la vida de un peleador profesional de la MMA que se convierte en corredor de trillos. Hablo de Kyle Dietz quien, al enamorarse del Trail Running, aplica sus conocimientos y habilidades de luchador al arte de correr montañas rocosas.

Tortugas y liebres

Turtle and hare racing

De una línea trazada en el suelo salieron, corriendo, siete liebres y diez tortugas. Todas las tortugas llegaron primero; finalmente, lo hicieron las liebres, agotadas.

Díganos porqué sucedió esto y cómo se aplica a la ciencia del correr.

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Citaremos las respuestas acertadas en nuestra próxima entrega a través de trilloazul.com

El psicoanálisis nació en un trillo

Man running in the foggy countryside near a windmill.

 

Bajaba por la pendiente cuando, a lo lejos, divisé el punto pequeño de alguien que subía lentamente. El camino era estrecho y lo definía una espesa hierba que me llegaba a la cintura. Era la primera vez que pasaba por allí y, sinceramente, no lograba saciarme de tanta belleza verde y azul como la que adornaba el trayecto. El hombre pequeño se hizo con mi altura e intentaba pasar por mi lado cuando lo detuve. Estaba delgado, arrugado, exangüe. Tenía la barba muy blanca y desaliñada. Ese viejito que apenas podía subir unos cuantos metros sin ahogarse era nada menos que yo, bajando de la altura de mi futuro, devolviéndose con prisa a la busca de algo.

– Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, anciano? –pregunté, enojado.

– Voy a donde todo comenzó –me dijo, casi sin aliento.

– Pero, ¿a buscar qué? De allá venimos. Sabes que no hay nada que buscar en ese sótano asfixiante –le repliqué.

– Algo falta, Sigmund. Estás equivocado. La respuesta está allá, en ese lugar en donde dimos nuestros primeros pasos –se secó el sudor con una mano.

– No es posible –le dije. Sí, el viejo me hizo dudar por un instante-. De ser cierto no tendría ningún sentido avanzar, dar un simple paso a ninguna parte, subir esta cuesta a la que no se le ve fin; entrenar, hacernos fuertes; adquirir destrezas que nos hagan fácil la tarea de llegar más lejos en el menor tiempo posible.

– Eso creía yo cuando, siendo de tu edad, pasé por aquí y, yo mismo, ya viejo, me pasé por el lado.

– ¿Qué estupidez es la que acabas de decir? –me dispuse a seguir corriendo. Sentía que perdía el tiempo con aquella conversación tan torcida. Finalmente, dándole la espalda, le dije:- Me voy. No puedo perder un segundo más hablando tonterías.

– Claro que te vas. De otro modo no podría yo estar aquí hablando contigo. Esa es la forma de nuestro destino, circular, como las estaciones. Lamentablemente.

El viejo habló con un dejo de tristeza. Yo, que ya daba mis primeros pasos, volví a detenerme. Aquellas palabras me dieron una punzada dolorosa. Era cierto, de seguir, en unos años estaría volviendo sobre mis pasos, en la búsqueda de algo que no estaba allá, en la cima, en mi futuro.

Tampoco estaba seguro de que volviendo atrás encontraría ese algo que como viejo buscaba. Tal vez sólo diera con el vacío más grande del universo, si eso fuera posible.

Toqué la hierba. Estaba florecida y, al tacto, se sentía suave. Me senté unos instantes, tranquilo. A lo lejos, la montaña se veía entre azul y negra, y detrás de mí, el viejo seguía inmóvil, a la espera. Cuando el sol comenzó a ocultarse, una fina capa de humedad, como de seda, comenzó a cubrir todo mi cuerpo, me abracé a mí mismo buscando calor, protección de la niebla y el rocío. Me sentía solo, aunque tuviera por compañía a ese vejete que era mi futuro. De pronto, comenzaron a salir estrellas de un lado y de otro, como si alguien malvado estuviera pinchando con un alfiler el globo del cielo. Eran cientos, miles, millones. Jamás había visto tantas estrellas con tan poco cielo haciéndoles contraste. Entonces comprendí algo. Así como estrellas había en el universo eran los posibles caminos que podía trazar en mi vida y, sin embargo, mi mente se había inventado un punto de inicio y otro final separados por una recta uniforme. Andaba por un camino que ya estaba hecho por otros, no por mí. En realidad, un infinito número de senderos estaban a mi alrededor, sólo que no estaban hechos sino por hacer, a la espera de un pionero que diera los primeros pasos abriendo la hierba, moviendo la piedra. No me fue difícil entonces, aunque estuviera oscuro, ponerme de pie y empezar a andar por donde más espesa se veía la vegetación. Pude ver al viejo que estaba detrás de mí desaparecer mientras sonreía con gratitud. Ese anciano era alguien que no llegaría a ser, porque yo, Sigmund Freud, sería otro. No sé quién, pero otro, solo por haberme decidido a inventar un camino por donde, hasta entonces, sólo prosperaba la maleza.

Correr con las puertas abiertas

Running Woman. Outdoor Workout in a Park

En la década de los 90 conocí a una persona singular. Era un alguien muy interesado en todo lo espiritual y había organizado cada día de la semana en torno a algo en lo que no dejaba de estar atento, sus sentidos. Tenía un programa parecido al que les voy a mostrar.

Lunes: vista.

Martes: oído.

Miércoles: olfato.

Jueves: tacto.

Viernes: gusto.

Sábado: vista (por segunda vez)

Domingo: oído (por segunda vez)

Javier, así se llamaba, el día que dedicaba al sentido de la vista, intentaba observar cada detalle visual que le brindaba la luz. El color de algo insignificante, el movimiento veloz o lento de cualquier ser viviente. Todo. Con el mayor grado de atención que le era posible. Lo mismo hacía cuando pasaba al día siguiente y lo dedicaba a un sentido distinto. Este amigo del que hablo, en un mundo en donde la gente suele estar dispersa, estresada; donde no se respira, ni se distinguen sabores, ni se ve al prójimo ni al lejano; donde el hombre sale de su caparazón para explotar a sus hermanos, llegó a dominar un alto nivel de concentración, gozo, libertad y desprendimiento. Javier, porque estaba atento, sentía que no sólo la vida pasaba por él, sino que también él pasaba por ella, viviéndola.

Cuando hacemos Trail Running con un espíritu contemplativo, accedemos a ese mundo de puertas abiertas al que mi amigo intentaba incorporarse cada mañana. Como sabemos, día por día nos cerramos más a la realidad, convivimos con un interior plagado de miedo, con terror a todo lo que hay fuera de nosotros y nos la pasamos rumiando ya sean razones para el desasosiego o motivos que aumentan nuestras ambiciones insensatas. Este el mayor estímulo para hacer Trail Running que pueda tener cualquier persona: cuando corremos por esos trillos deformes, el camino nos empuja a que lo hagamos con las puertas abiertas, provocando que nos sintamos verdaderamente vivos y plenos. Lo opuesto a esto es continuar con la melancolía del asfalto, bloqueados, ensimismados, respirando smog; moviendo los pies como zombis y no como seres humanos plenos y agradecidos de la vida.

Contemplar el horizonte que nunca podremos tocar

Silhouette of a couple running at sunset

Salimos todos a la calle y nos dispersamos caminando en distintas direcciones. Dividía la avenida en dos un parque igual de ancho, con muchísimos árboles y flores silvestres. Por ahí nos fuimos perdiendo hasta encontrar algo de soledad porque además, como ayuda, el lugar era muy poco transitado. Raras veces se veía pasar un vehículo y, cuando se miraba al cielo, casi siempre se topaba uno con algún buitre con las alas abiertas, planeando. Teníamos dos horas para nosotros y una sola meta en común, contemplar.

No era extraño que se nos pidiera salir a hacer nada, como decíamos. Pero era preciso aprender a hacer eso, contemplar, con tal de adquirir a fuerza de ejercicio, algo más escurridizo aún, algo que ni siquiera quien nos lo ordenaba a hacer podía explicar con aceptable precisión, me refiero a tener un “espíritu contemplativo”. En muy escasas ocasiones pude experimentar algo que no fuera sueño. Era muy joven entonces. Los demás también. Es una excusa, cierto, pero a fin de cuentas la experiencia no pasó a mucho. Eso sí, aprendí bastante a mi pesar y un poco de eso les pienso comentar, porque tiene que ver con el Trail Running, esa actividad que tanto nos apasiona.

Recuerdo eso de la búsqueda de un espíritu contemplativo porque ya no escucho, desde hace años, a nadie hablar de ello, luego de haber despertado tanto interés. También porque bajaba este fin de semana, el Viernes Santo, para ser precisos, por una cuesta inclinada, casi exclusivamente viéndome los pies cuando, de repente, el paisaje me asaltó, me dijo que elevara los ojos y me sugirió que le explicara lo que veía y, eso que nubló mis ojos, se llama belleza. La belleza me dobló algo, muy adentro. No sé qué, pero algo cerca del estómago. Me detuve y pensé, y luego de dejé de pensar, porque lo primero que llegó a mi mente fue el cálculo de cuánto podría costar aquella parcela y si yo la podía comprar. Pensé lo feliz de la vida que estaría si me asentara por allí y las veces que podría beber de aquella hermosura mientras corría o me recostaba de un tronco con mis hijas y mi esposa a conversar. Esto que pensé, es lo mismo que nos impulsa como seres humanos a comprar peces para llevarnos sus colores a nuestras casas a cambio de dos pellizcos de comida; también lo que nos hace adquirir obras de arte muy valoradas por los críticos o casas con jardines japoneses sin ser japoneses o vivir en Japón. Es lo mismo que nos lleva a buscar la mujer más hermosa o al hombre más elegante como pareja. También lo que, tristemente, nos hace presentarnos lo más atractivos –con músculos, con ropa o con cirugía- ante el mundo con tal de que alguien desee poseernos y nos compre. Porque es imposible vivir sin belleza y deseamos poseerla a como dé lugar, comprarla aunque sea con el dinero ajeno. Sin embargo, cuando se corre por el trillo de la vida con un espíritu contemplativo, las cosas cambian.

El que contempla pasa por el mismo monte, se deja invadir el alma por la belleza que el mundo le ofrece y lo deja todo tal cual, en las manos de los demás, porque el que contempla sabe algo que todo el que se está muriendo quisiera gritar, que no forma parte de la naturaleza del ser humano el poseer. Que nada se puede poseer, aunque se compre y se tenga un título que lo certifique. Comprar no es poseer. Repítalo como un mantra y salga a correr. Porque lo nuestro es pasar por el monte para que el monte se quede ahí. Así es, tránsito, mutación, desgaste, vejez. Porque el ser humano ni siquiera puede decir que se posea a sí mismo, sin mentir. Afirmar que voy a comerme un pan y luego comérmelo no significa que me posea y que controle, por ello, la totalidad de mi destino.

Pero para contemplar, hay que detenerse más de una vez, dejar de respirar para que el mundo nos respire a nosotros, dejar que la brisa nos vea a nosotros y sentir eso, solo eso y callar. Sí, contemplar es callarse la boca de una vez por todas, fijarse en el horizonte que, de ser lo más cotidiano del mundo, pasa a ser aquello que nunca nuestras manos podrán tocar porque, por cada paso que damos, él se aleja dos. Pero sin hipocresía, sin jugar a engañarnos o a mostrarnos ante los demás como iluminados que casi levitan, lo cual es absurdo y ridículo a la vez, porque cuando no se es quien se es, sino que se pretende actuar como si se fuera otro, hasta el más burdo de los seres humanos lo puede percibir.

Tener un espíritu contemplativo, mientras se hace trail running, nos conduce a algo muchísimo más importante y de eso hablaré en la próxima entrega, porque ahora voy cerrar la boca para salir a correr.

De Bolt a Schwarzenegger

young man running across a bridge

Cuenta la leyenda que, un gran corredor de nuestras tierras, buscando mejorar su rendimiento, decidió inscribirse en un gimnasio y dedicar parte de las mañanas a levantar pesas. Alguien le relató la historia de un atleta olímpico que había roto el récord mundial de los diez mil metros, con tan solo haber agregado a su rutina de entrenamiento, treinta minutos de fortalecimiento muscular con pesas. La idea volvió a su mente cuando, días antes, llegó tercero en una competencia regional de 21km. El buen corredor se sentía frustrado. Todos decían que tenía unas piernas de acero y que el talento para las pistas le era innato. Sin embargo, a pesar de lo que todos le decían, nunca había llegado en el primer lugar de nada, ni en competencias como corredor profesional ni en los retos infantiles de chichigua o trompo.

El gran corredor se tomó un día para probar el sabor de los hierros; para tomarles el gusto en repeticiones de diez o doce, bajando y subiendo libras con brazos y piernas. Luego fue otro día y otro más. Dos semanas después, no había vuelto a calzarse las zapatillas de correr y, para no verlas siquiera, las había colocado muy ocultas debajo de la cama, donde ni siquiera la buena de su mujer pudiera dar con ellas. Algo casi inconsciente. Las volvió a sacar, sin embargo, unos días más adelante cuando un amigo lo motivó para que salieran a dar un paseo por el parque universitario. Algo “suave”, le dijo, sin ningún tipo de prisa, como cuando salíamos a correr porque queríamos, en realidad, hablar. Al segundo kilómetro, el corredor se detuvo. Sentía que se ahogaba. Cerca del mes sin correr y ya los pulmones no le funcionaban a toda su capacidad. Esto de correr es una “vaina”, pensó y, de ese modo, al formular su mente aquel epíteto azaroso, a la acción de correr se le fueron adhiriendo muchas emociones grises: enfado, disgusto, rabia, rencor, odio. Correr era el resumen de todo lo malo y ya no le brindaba ningún tipo de satisfacción poner a todo vapor la máquina de su cuerpo.

Concluye la leyenda con unos puntos finales nada luminosos. El gran corredor dejó de correr y se dedicó, los siguientes veinte años de su vida, a levantar pesas sin llegar tampoco a tener una simple medalla de bronce por poseer los más grandes bíceps o la espalda más ancha.

El corredor ganso

Flock of Canada Geese Flying in a Blue Sky

Veía un video instructivo por segunda vez y me pareció curioso que la entrenadora insistiera tanto en cómo debía estar colocada la cabeza mientras se corre. Ella lo decía de una manera que me resultó graciosa. Hay que mirar siempre hacia adelante y tener la cabeza como si se estuviera dando un beso, afirmaba, mientras se reía. La gente besa de muchas maneras. En el asunto amoroso de juntar los labios hay un abanico muy amplio de posibilidades así que, ella, previendo cualquier confusión, inclinaba la cabeza hacia adelante y levantaba la barbilla para besar a un supuesto amante.

Bueno, yo, que vivo experimentando conmigo mismo antes de preguntarle a nadie, con el riesgo que eso representa, salí a correr con la intención de besar el mundo mientras lo hacía. Oh, pero tremenda sorpresa la que me llevé. Pasando por el frente de un negocio vi una imagen grotesca reflejada en el escaparate. Me asusté. Yo no era yo sino un ganso. Y no estaba corriendo por el mundo, sino dentro de la mente de Kafka. Me detuve, me froté los ojos y, poco a poco volví a ver la cara de desnutrido me ha caracterizado toda la vida.

Algo terrible me había pasado. Mientras corría, llevaba la cabeza tan delante de mí que no parecía sino una de esas bestias blancas a punto de emprender el vuelo. Así que, pensé, esto no es normal, no he visto jamás a un corredor profesional hacer algo parecido.

En llegando a la casa, seguí con mi investigación y fui derecho a Google con una inquietud: si coloco mi cabeza por delante de mi pecho mientras corro, ¿cuál será el peso que lance hacia el frente? Las respuestas variaron pero, en promedio, 15 libras. Eso pesa la cabeza de un ser humano, lo cual era demasiado. El solo peso de mi cabeza haría que me fuera de bruces al suelo o me lastimara con tanto esfuerzo innecesario.

Con respecto a mi cabeza, hoy en día procuro dejarla en su puesto, sobre los hombros, lo más relajada posible. Me empeño en dirigir la vista hacia adelante la mayor parte del tiempo, aunque sé que, mientras corro por trillos, en especial si el sendero es muy irregular o está empedrado, esto es prácticamente imposible. Pero juego con subir o bajar la vista, no la cabeza, lo cual crearía un desequilibrio enorme debido al peso que la misma tiene.

Si usted es tan romántico como yo y desea salir a besar todo lo vivo que se encuentre en el camino, se lo respeto, pero cuídese de no terminar mutando de naturaleza, convirtiéndose en otro corredor ganso que se desplaza por los intrincados caminos de la mente de Kafka.